Mi SUEGRO No IMAGINÓ que Yo lo ATENDERÍA II…

Mi suegro, con su traje negro impecable y el perfume tenue a lavanda impregnado en su solapa, me ofreció el brazo con esa cortesía que parecía de otro tiempo. Yo acepté sin titubeos, encajando el mío bajo el suyo, sintiendo la firmeza de su musculatura bajo la tela. Me entregó un ramo de flores blancas, y lo abracé contra mi pecho con un gesto casi inconsciente, como si aquel sencillo acto tuviera un peso que aún no comprendía del todo. 

Apenas habíamos dado unos pasos cuando noté el primer roce. Un movimiento leve, un contacto fugaz, como el aleteo de un pájaro inquieto. Su brazo, con la excusa de acomodarse, rozó el costado de mí ya sabes tú. Tragué saliva, me giré hacia él, intentando descifrar su expresión, y lo descubrí inclinando apenas la cabeza, con la mirada fija en mi escote. El contraste entre su cabello salpicado de canas y la intensidad oscura de sus ojos, me provocó un escalofrío que me recorrió la espalda como un río helado.

Me removí ligeramente, no para alejarme, sino para darle mejor acceso a lo que disimuladamente buscaba. Fue un movimiento sutil, apenas perceptible, pero suficiente para notar cómo su respiración se volvió un poco más profunda. La mujer de mi Cuñado, del otro lado, llevaba también su brazo sujeto al de él, pero estaba demasiado absorta en sus propios pensamientos como para notar lo que sucedía en ese espacio silencioso entre mi suegro y yo.

Como era posible que yo pensara así de mi Suegro.

“Esto no puede estar pasándome”, me decía a mí misma. Pero la verdad era otra, sentía un hormigueo en la piel, un calor en la boca del estómago que no tenía nada que ver con el sol de la tarde. ¿En qué clase de mujer me estaba volviendo?, ¿Cómo podía permitirme sentir esto por el padre de mi esposo? Pero en lugar de apartarme, me pegué un poco más, dejando que su mano, ahora apenas en contacto con mi cintura, se quedara dónde estaba.

El aire tenía un peso extraño aquella tarde. La brisa arrastraba el aroma denso de los lirios frescos y el incienso que alguna anciana encendió en la entrada del cementerio. A lo lejos, el murmullo de la gente que avanzaba en la procesión se mezclaba con el crujir de la grava bajo nuestros pies, y el repique ocasional de una campana lejana. Entonces, una de mis cuñadas se acercó con el ceño fruncido y la voz apurada: Oye, ¿por qué no vas y le dices a tu marido que se controle?

Se ha quedado atrás con sus amigos y ya sabes lo que pasa cuando empiezan a beber. No queremos que haga un escándalo en el cementerio.  Su tono tenía una mezcla de urgencia y fastidio, como si la escena ya le resultara demasiado familiar. Pero antes de que yo pudiera responder, mi suegro lo hizo por mí.  Déjalo ahí, dijo con la voz firme pero serena. Ya está bastante grandecito para saber lo que hace.

Mi Suegro no deja que me alejen de él.

Ahora sí que no voy a dejar que haga de las suyas. Sigamos avanzando, porque la que está haciendo escándalo por algo que aún no ha pasado eres tú.  No me soltó, al contrario, su brazo se tensó ligeramente, manteniéndome a su lado con una determinación que sentí en la piel como un fuego suave, un peligro latente. Y sin embargo, en lugar de querer apartarme, deseé que el camino fuera más largo. 

El aire en el cementerio pesaba como una sombra. Entre los susurros del viento, las ramas secas de los cipreses crujían con un sonido casi fúnebre, y el incienso encendido por alguna alma piadosa flotaba en el ambiente con un aroma espeso, cargado de nostalgia. Un murmullo de rezos se alzaba en la distancia, entremezclado con el chasquido de los fósforos encendiendo velas y el crujido de la grava bajo los pies de los dolientes. 

Mi suegro se inclinó con solemnidad ante la lápida de su esposa. Sus manos, firmes pero gastadas por los años, acomodaron las flores con un gesto pausado, casi reverente. Luego, con una parsimonia que parecía calculada, sacó una caja de cerillos del bolsillo interior de su saco, y encendió una vela tras otra. La llama titilaba en sus ojos, reflejando una tristeza que él no dejaba escapar en palabras. 

Mi Cuñado se me acercó para esto que no sé.

Yo lo observaba en silencio, con el ramo de flores aún en mis brazos, cuando sentí un leve toque en el brazo. Un roce apenas perceptible, pero suficiente para hacerme girar. Al voltear, encontré los ojos astutos de mi cuñado clavados en los míos. Me hizo una señal discreta, indicándome que lo siguiera.  No sé por qué accedí. Quizás porque quería alejarme por un momento de aquel ambiente cargado de recuerdos ajenos, o porque la curiosidad pudo más que la prudencia.

Caminé tras él por el sendero estrecho entre las lápidas, hasta llegar a donde su esposa nos esperaba.  ¿Qué pasa?, pregunté cruzando los brazos.  Mi cuñado carraspeó antes de hablar, como si intentara medir bien sus palabras.  Solo queremos pedirte un favor, dijo con esa voz suya que siempre parecía esconder un doble sentido. Es por mi padre…tú sabes, él no está bien, y con la pena que trae encima, creemos que le haría bien tomarse una copita. 

Fruncí el ceño, ¿Y por qué no se la ofrecen ustedes?  Porque no la va a aceptar, intervino su esposa, lanzándome una mirada calculadora. Pero a ti sí, contigo es diferente.  Yo solté un leve bufido, mirando a ambos con incredulidad.  ¿Y qué los hace pensar que a mí sí me va a hacer caso?  Mi cuñado se cruzó de brazos, esbozando una media sonrisa.  Porque sabemos que te tiene en alta estima.

Mi Cuñado dice que mi Suegro habla muy bien de mí.

Siempre dice que no ha habido una mejor nuera que tú.  Sacudí la cabeza, sintiéndome atrapada en un juego cuyo propósito aún no entendía del todo.  Más bien los que quieren tomar son ustedes. ¿Por qué simplemente no lo hacen y ya?  La esposa de mi cuñado soltó una risa breve, casi nerviosa.  Bueno, sí…la verdad es que también nos gustaría tomarnos unas copitas.

Pero anda dile tú, Yo suspiré y extendí la mano.  Está bien, denme un vasito.  ¡Ay se me olvidaron los vasos!, exclamó la mujer, llevándose una mano a la frente. Espérenme, ya vuelvo, tan pronto como ella desapareció, mi cuñado aprovechó el momento. Se acercó con una calma estudiada, con ese aire de hombre que se cree dueño de todas las oportunidades.

Entonces cuñadita…¿qué tal si después de este evento, tú y yo…bueno ya sabes?  Mi cuerpo se tensó de inmediato. Pero no dije nada, solo lo miré, esperando ver hasta dónde se atrevía a llegar.  Yo puedo ayudarte haciéndote un favorcito, continuó con su tono bajo y sedoso, como si estuviera compartiendo un secreto indecoroso. Porque, pues…ya sabes que tu marido se niega.

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