Me acerqué a mi marido con sigilo, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo adormilado. Sus pestañas proyectaban sombras largas sobre su rostro cansado, y su barba rala me raspó los dedos cuando lo acaricié con ternura. Cariño, le susurré dejando que mis labios rozaran su frente con la delicadeza de una pluma, ¿qué tal si ya sabes…? Mira que aún es luego… Deslicé un beso por su mejilla tibia, pero su expresión se torció en una mueca de fastidio.
Abrió los ojos con lentitud, y en ellos se reflejó la luz mortecina del velorio que aún seguía en la sala. El viento de la mañana entraba por las rendijas de la ventana, arrastrando consigo el aroma dulzón de las velas consumidas en el altar improvisado del comedor. Afuera, los grillos entonaban su letanía fúnebre, y en el pasillo, el crujir de la madera delataba el andar de alguien que no terminaba de decidirse entre quedarse o marcharse.
Oye, ¿pero tú no tienes un poco de consideración?, gruñó con voz pastosa. Solo piensas en ti…¿No ves que aquí en casa hay luto? Su voz era áspera, cargada con el peso de la tristeza y la fatiga. Desde la planta baja, el murmullo de los rezos se entremezclaba con el tintineo de tazas de café y el roce de sillas arrastradas torpemente. Pero mi amor no digas eso, respondí, recorriendo con mis dedos la línea de su cuello.
Mi Esposo se negó y yo le respondía así.
Si tengo consideración, pero recuerda que ya hace un año que tu mami se fue… Yo solo quiero que tú y yo aprovechemos el tiempo, ahora que aún estamos jóvenes y fuertes. Para que cuando nos llegue el momento de partir, quedemos satisfechos de haber vivido como es debido. Lo acaricie donde ya sabes tú, pero en lugar de entregarse, tomó mi muñeca y me apartó con un movimiento seco y rudo.
¡Ya basta!, dijo sentándose al filo de la cama con el ceño fruncido. Mejor me levanto y voy a ver qué hago o en qué ayudo. Creo que tú también deberías hacer lo mismo, y no solo pensar en ti. Su tono me hirió más de lo que estaba dispuesta a admitir. Me pasé la lengua por los labios, tragándome la vergüenza y la rabia. Desde el otro lado del pasillo llegó el sonido de una cucharilla golpeando contra una taza, un tintineo repetitivo y nervioso, como si alguien escuchara nuestra conversación con demasiado interés.
Como si eso fuera comida, dijo cruzándose de brazos, no exageres mujer, para todo hay tiempo. Sí cariño, pero no sé qué me pasa…murmuré bajando la voz. Ahora que hay tanta gente en casa, quisiera que pasara…me llena de no sé qué saber que alguien puede escucharnos. Él bufó, negando con la cabeza, y se puso de pie con un movimiento impaciente. No, tú sí que tienes un tornillo zafado, dijo acomodándose la camisa arrugada.
Alguien nos espiaba mientras mi marido y yo.
Entonces, algo me hizo girar la cabeza de golpe. Una sombra se deslizó por la ventana, una figura que apenas fue un destello en la penumbra, pero que bastó para helarme la sangre. Allí, entre las cortinas entreabiertas, vi la coronilla de la cabeza de alguien. Pero no quise decir nada, para no darle la razón a mi marido de que no se podía. Lo vi salir y tomé la decisión de ducharme. El camisón resbaló por mi piel como un suspiro, cayendo al suelo en un ovillo de seda arrugada.
Me quedé unos segundos como llegue al mundo en la penumbra del baño, dejando que la humedad del aire me envolviera antes de abrir la llave de la regadera. El agua salió con un chorro violento al principio, salpicando los azulejos con un repiqueteo que llenó el silencio de la mañana. Cuando me metí bajo la cascada tibia, cerré los ojos y dejé que el agua recorriera mi piel, deslizándose por mi cuello, mis hombros, mi espalda…
En algún momento, quizás por el cansancio o por la urgencia que me latía en el pecho, imaginé que no era el agua quien me acariciaba, sino las manos de mi marido. Las mismas manos grandes y ásperas que antes me recorrían con ansias y que ahora apenas se dignaban a tocarme. Me mordí el labio, reprimiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. ¿Era mi cuerpo el que estaba necesitado, o era mi alma la que pedía un sacudón que me devolviera a la vida?
Nunca pensé que mi Suegro sería parte de mis pensamientos.
Respiré hondo y abrí los ojos. El espejo frente a la ducha estaba cubierto de vapor, como si el baño entero estuviera reteniendo un suspiro contenido. A ver qué pasa hoy, murmuré para mí misma, como un conjuro, como un reto. Salí del baño y me envolví en una toalla, sintiendo cómo el calor del agua aún vibraba en mi piel. Me acerqué al armario y busqué entre mis vestidos hasta dar con el indicado: negro, de una sola pieza, ceñido a la cintura como una segunda piel.
Al deslizarlo sobre mi cuerpo, su tela fresca me abrazó con la precisión de un amante, y el escote profundo reveló sin pudor el generoso regalo que la naturaleza me dio. Me miré en el espejo, ladeando la cabeza con una sonrisa casi imperceptible. No era un atuendo adecuado para la ocasión, pero tampoco estaba dispuesta a esconderme. Tomé un sombrero de ala ancha y lo acomodé con elegancia sobre mi cabello suelto. No me puse aretes, ni collares, ni anillos, pues el luto no admitía vanidades.
Los zapatos de tacón resonaron con firmeza contra el piso de madera cuando salí del dormitorio. Y el eco de mis pasos acompañó el latir acelerado de mi corazón. Al abrir la puerta que daba a la sala, el murmullo de voces me envolvió como un río. El aroma a café recién hecho flotaba en el aire, mezclado con el incienso que aún humeaba en el altar improvisado en una esquina. Las miradas se giraron hacia mí en cuanto crucé el umbral. Los primeros ojos que se entretuvieron en lo que mi escote no podía ocultar fueron los de mi cuñado.