Mi SUEGRO y Yo en medio de MAREAS PROHIBIDAS.

El sol de la tarde caía a plomo sobre la playa, dorando la arena y tiñendo el agua con reflejos de cobre y zafiro. Me pasé una mano por la nuca, tratando de aplacar el calor que me subía por la piel, pero no era solo el sol lo que me abrasaba. Sentía la mirada de mi suegro recorrerme como si sus ojos fueran brasas vivas que se deslizaban sobre mi piel. El traje de baño, que por la mañana me había parecido cómodo y hasta recatado, de pronto se volvió más pequeño, más ajustado, como si el mismo aire se hubiera confabulado para encogerlo.

Quise desviar la vista, buscar un punto en el horizonte donde anclar mis pensamientos, pero mis ojos chocaron con los del padre de mi esposo. No pestañeó, no hizo el más mínimo gesto de disimulo. Su mirada era firme, cargada de un brillo juguetón, descarado, que me despojaba con una audacia que me hizo estremecer.  Di un paso en la arena caliente, queriendo escapar de esa intensidad, cuando escuché un silbido cortante, como un cuchillo rajando el aire.

Me giré apenas y vi a un grupo de muchachos a unos metros de distancia. Se reían entre ellos, uno incluso se llevó dos dedos a los labios y lanzó otro silbido más fuerte.  ¡Vaya, pero qué espectáculo tenemos aquí!, soltó uno, con una sonrisa ladeada.  Me ardieron las mejillas, no solo por el calor, sino porque sabía que no era solo la atención de esos extraños la que tenía encima.

El Padre de mi Esposo se mantuvo en silencio al escuchar a los muchachos silbarme.

Mi suegro permaneció impasible, fingiendo no haber escuchado nada, pero su mirada quemaba más que la arena bajo mis pies.  Fue entonces cuando oí la voz de mi cuñada, que reía con ese tono de quien sabe más de lo que dice.  Oye, te ves muy bien…¿ya viste que alborotaste el gallinero?  Me giré hacia ella y la encontré sonriendo con picardía. Estaba sentada sobre una toalla grande y colorida, con las piernas estiradas y las gafas de sol empujadas sobre la cabeza.

A su lado, una nevera portátil rezumaba gotas de agua helada sobre la arena, y una botella abierta sudaba en su mano.  Se hizo a un lado, dándome un espacio en la toalla.  Vamos acomódate cerca de mí, dijo palmeando el lugar vacío.  Me senté a su lado, sintiendo aún el peso de aquella mirada clavada en mi espalda. El rumor de las olas llenaba el aire con su vaivén hipnótico, y a lo lejos, el eco de una radio vieja tocaba un bolero empolvado por los años. Mi corazón latía más rápido de lo que me habría gustado admitir.

Tomé aire y forcé una sonrisa, pero no pude evitar preguntarme cuánto más podría ignorar lo que estaba ocurriendo.  La brisa marina traía consigo el aroma espeso del salitre y el eco lejano de una gaviota que se perdía en la línea del horizonte. La arena caliente se filtraba entre mis dedos mientras acomodaba mis piernas sobre la toalla, tratando de ignorar el ardor que la mirada de mi Suegro me producía.

La hermana e hija de mi Suegro me hizo esto.

Mi cuñada, despreocupada, jugueteaba con la orilla de la toalla, dejando entrever más piel de la que su padre habría aprobado.  Mi suegro se acercó a nosotras con ese paso pausado y seguro que lo caracterizaba. Su sombra se proyectó sobre nosotras, cortando el sol con su imponente presencia. Se cruzó de brazos y nos contempló por un momento con ese aire solemne que siempre tenía cuando se disponía a dar un sermón. 

Creo que se ven bien así, dijo con una media sonrisa, pero también deben cuidar de mantener en secreto lo que solo sus maridos deben ver. Recuerden que la época de solteras ya pasó para las dos.  Su voz era grave, pero serena, como si cada palabra fuera medida antes de ser pronunciada. Se giró primero hacia su hija, y con un gesto de desaprobación, le indicó que se cubriera más. 

Tú, dijo con firmeza, debes cubrirte un poco más, porque si yo fuera tu marido, no me gustaría que otros ojos se entretengan en ti.  Mi cuñada chasqueó la lengua, rodando los ojos, pero obedeció sin rechistar, ajustando su pareo con un suspiro. Luego, el papá de mi marido me miró a mí, con esa intensidad que me hacía hervir la sangre.  Y tú deberías hacer lo mismo, porque el hecho de que mi hijo no esté aquí no significa que seas soltera.

Las palabras de mi Suegro me erizaron la piel.

Su voz me recorrió como una caricia furtiva, como si hubiera una advertencia velada en su tono. No supe qué responder, solo sentí un escalofrío recorrer mi espalda, aunque el sol seguía ardiendo sobre nosotros.  Estábamos en medio de esa conversación cuando un joven se acercó con dos copas altas de piña colada, adornadas con cerezas y sombrillitas de papel que se mecían con la brisa.

El cristal estaba empañado por el frío de la bebida, y el aroma dulce de la piña y el ron flotaron en el aire.  Señoritas, les envían esto de parte de los muchachos de allá, dijo el joven, señalando con un leve movimiento de la cabeza hacia el grupo de hombres que nos observaban desde la distancia.  Hubo un instante de silencio. Sentí la mirada de mi suegro posarse sobre mí antes de girarse lentamente hacia los jóvenes. Su expresión no cambió en lo absoluto.

No frunció el ceño ni mostró enfado. Simplemente, con una calma absoluta, dijo:  Joven, es usted muy amable, pero creo que ellas no van a poder aceptar.  El mesero, con su gabacha blanca impecable y el logotipo bordado del restaurante en el pecho, se quedó un momento en silencio, como si no supiera bien cómo reaccionar.  Yo, por mi parte, apenas podía entender qué era lo que me ocurría.

Mi Mente me llevó a pensar cosas entre el papá de mi marido y yo.

No frunció el ceño ni mostró enfado. Simplemente, con una calma absoluta, dijo:  Joven, es usted muy amable, pero creo que ellas no van a poder aceptar.  El mesero, con su gabacha blanca impecable y el logotipo bordado del restaurante en el pecho, se quedó un momento en silencio, como si no supiera bien cómo reaccionar.  Yo, por mi parte, apenas podía entender qué era lo que me ocurría.

Era absurdo, ilógico, incluso inmoral, pero la forma en que mi suegro me hablaba, la manera en que me miraba con esa autoridad que no admitía réplica, me hacía verlo con otros ojos. No sé si era su voz grave, su forma de imponer respeto, o el hecho de que hacía ya más de cinco años que no tenía nada de nada, ni siquiera un roce de piel que me recordara lo que era sentirse mujer. Mi marido se había ido al extranjero a trabajar, y yo me había quedado en casa de mi suegro, sumida en una rutina monótona que hasta ese momento, no había comprendido cuánto me afectaba.

El joven del restaurante vaciló un momento, mirando las copas aún en su bandeja.  Entonces, ¿no lo van a recibir?, preguntó con cierta incredulidad.  Mi suegro apenas inclinó la cabeza, y con la misma tranquilidad con la que había hablado antes, respondió: No joven.  Dígales a los muchachos que les agradecemos mucho el gesto, pero si hubiera sido en otro tiempo, estaría bien. Ahora ellas son mujeres casadas, y no pueden aceptar de la mano de cualquiera una bebida. Usted sabe bien qué intención hay detrás de esto.

Mi Suegro hizo que el joven se llevará de vuelta la copas.

El mesero asintió con respeto, y tras un breve, “muy bien señor”, se dio la vuelta y se alejó, deslizándose entre las sombrillas y las sillas de playa.  Yo tragué saliva. El peso de las palabras de mi suegro aún flotaba en el aire. Su mirada se encontró con la mía por un instante, y en su expresión había algo más que autoridad. Algo que me hacía dudar de todo, incluso de mí misma. 

Las vacaciones nos habían sido concedidas como una tregua en medio de la rutina, pagadas con el sudor de mi marido, el hijo menor de mi suegro, y bajo la supervisión de este último. Era extraño pensarlo así, pero de alguna manera nosotras, mi cuñada y yo, éramos parte de su responsabilidad. Yo lo sentía todo el tiempo, en la manera en que se aseguraba de que comiéramos bien, de que ningún hombre se acercara demasiado, y en la forma en que sus ojos se detenían en mí más de lo necesario. 

Los muchachos, al ver la reacción de mi suegro, cerraron las palmas de sus manos en señal de disculpa. Su sonrisa fue serena, casi indulgente, como la de un rey que perdona a sus súbditos.  Creo que sería bueno que vayamos ya a meternos al mar, dijo con la misma calma con la que había rechazado las copas de piña colada momentos antes.  Mi cuñada suspiró y se acomodó el cabello con aire despreocupado. 

Mi Suegro me invita a nadar en el ancho mar.

Vayan ustedes, ya viene mi marido y voy a esperar a ver qué quiere hacer él.  Yo, en cambio, miré las olas con cierta inquietud. El mar se extendía inmenso frente a nosotros, con su oleaje rítmico y poderoso, devorando la arena con cada vaivén. El cielo, despejado y azul, se reflejaba en la superficie del agua como si el universo entero estuviera volcado sobre el océano. 

Ay suegro, dije abrazándome a mí misma, pero es que a mí me dan miedo las olas. ¿Y si me arrastran a lo profundo del mar?  Él soltó una carcajada profunda, de esas que vibran en el pecho y se quedan flotando en el aire.  Ya déjate de cosas y ven, dijo con un tono entre paternal y autoritario.  Además no debes preocuparte porque cuando era joven fui salvavidas.  Sus palabras me arrancaron una sonrisa nerviosa. Entonces extendió la mano hacia mí, grande y fuerte, con dedos que parecían hechos para sujetar sin titubeos.

Escúcha mis Relatos en YouTube

Relatos de Infidelidades
Relatos de infidelidades

© 2021 All Rights Reserved.

Relatos de Infidelidades.

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter