Mi YERNO hizo algo MACABRO CONMIGO.

El ventilador de techo zumbaba con su vaivén cansado, esparciendo el aroma denso de las flores marchitas en el jarrón de la esquina. No me diga que no, porque sé que también esperaba este momento, murmuró mi yerno con su voz enronquecida por el deseo contenido.  Sus manos grandes y firmes, se enredaron en mi cintura como si hubieran encontrado su lugar natural.  Me estremecí, pero no era miedo lo que sentía, ni siquiera culpa todavía. 

Era una corriente subterránea que me arrastraba, que me empujaba a un terreno peligroso y prohibido.  Yerno, no encendamos lo que no podremos apagar después, dije con la voz apenas un susurro.  No podía mirarlo a los ojos. Sabía lo que vería allí: un reflejo de lo que yo misma estaba sintiendo.  Por favor Yerno, no echemos a andar esta máquina que no podremos frenar, insistí, aunque mi voz se quebró al final. 

Él deslizó una mano por mi espalda y me acercó más a su pecho, y sentí su aliento caliente rozándome el cuello.  No quiero que esto se detenga, y tampoco quiero frenarlo, dijo el marido de mi hija.  Su confesión me atravesó como una daga dulce y peligrosa. ¿En qué momento habíamos cruzado esa línea invisible? Sentí su aliento cada vez más cerca, hasta que sus labios atraparon los míos en un beso cálido, desesperado y hambriento.

El esposo de mi hija me tomó y me acercó de tal manera a él que me erizo la piel.

No era un beso robado, era un beso entregado, un beso que reclamaba lo que el tiempo y las circunstancias habían estado negándonos.  Entre el roce de nuestras bocas, logré murmurar: Cierra bien la puerta…el pasador no está puesto.  Él estiró la mano tras su espalda, tanteando a ciegas la madera vieja de la puerta, hasta que escuché el leve chasquido del pasador encajando en su sitio. Mi piel ardía bajo el roce de sus dedos, que subían con la paciencia tortuosa de quien sabe que está al borde de lo prohibido.

Sus manos temblaban ligeramente cuando desabrochó el primer botón de mi blusa, y entonces, un golpe seco nos congeló en el lugar.  ¡Mamá!, era la voz de mi hija.  Mi yerno y yo nos miramos con el corazón desbocado, atrapados en una burbuja de deseo y culpa. Afuera, los pasos de ella resonaron en el pasillo de madera, acercándose peligrosamente a la puerta cerrada.  El ventilador de techo siguió su zumbido monótono, y en mi pecho, la máquina que no debíamos haber puesto en marcha rugió con una violencia incontrolable.

Mi Hija interrumpió el momento que tenía con mi Yerno.

Escuché el roce de sus pantuflas contra la alfombra del pasillo, ese sonido inocente que en ese momento me pareció una campanada de advertencia.  Mamá, ¿ya te levantaste?, dijo con su voz en un susurro juguetón, acompañada de un golpecito suave en la puerta.  Mi corazón se apretó en el pecho. Sentí el pánico treparme por la espalda como un animal rastrero.  Mamá, ¿ya te levantaste?, repitió, esta vez alargando las palabras con un tono más grave, como si se divirtiera con la idea de despertarme a la fuerza. 

Sentí a mi yerno temblar a mi lado. Sus ojos eran dos pozos oscuros y desesperados, moviéndose de un lado a otro en busca de una escapatoria que no existía. Lo vi dar un paso hacia la ventana, luego girar hacia el armario, como un ratón acorralado en una trampa.  ¡Quieto!, le ordené en silencio, con una seña rápida de la mano.  Sus labios se separaron para protestar, pero en lugar de eso, le apunté con el dedo hacia la cama. No había otra opción.  Levantada no hija, dije aclarando la garganta para disimular la angustia, pero ya me desperté.

Él se deslizó bajo las sábanas con la torpeza de un hombre que nunca en su vida había tenido que esconderse de alguien. Agarré un montón de ropa que estaba en la silla y la lancé sobre su cuerpo, ocultándolo lo mejor que pude justo antes de girarme hacia la puerta.  Mamá, quiero hablarte de algo, su tono sonó más serio esta vez.  Dame un momento, ahora voy. Gire el picaporte y dejé entrar a mi hija. 

Mi Yerno se quedó escondido debajo de las cobijas, sin que mi hija se diera cuenta.

El aroma del perfume que usé la noche anterior flotaba en la habitación, mezclándose con el aire cargado de algo más, algo tibio y peligroso. Ella avanzó con la confianza de quien nunca se ha imaginado el horror de una mentira.  Sus ojos recorrieron la habitación hasta detenerse en la cama.  Mamá…¿y qué te pasó aquí?, ¡Vaya que Tenes un desorden!  Tragué saliva, Nada hija. Anoche quise doblar mi ropa, pero me dio sueño y lo dejé así. Como ves, la cama es grande, así que me acomodé en un ladito. 

Su mirada pasó de la cama a mi rostro.  Pero mamá, también tienes la cabeza desordenada, dijo frunciendo el ceño.  Sí que estás loqueando tú.  Me obligué a reír con fingida despreocupación, pero en ese momento noté algo que hizo que la sangre se me helara.  Allí, sobresaliendo apenas detrás de una de las patas de la cama, estaba el zapato de mi yerno.  Mi hija aún no lo había visto, pero sus ojos seguían viajando por la habitación como si sintiera que algo no encajaba. 

Sin pensarlo, di un paso al costado,  y con toda la naturalidad que mi cuerpo aterrorizado me permitió, tomé la toalla que colgaba del respaldo de la silla y la dejé caer casualmente sobre el zapato.  Vamos hija, dije tomándola del brazo con suavidad, quiero tomarme un calmante. Este enredo en mi cabeza es un dolor que no se me quita.  Ella no dijo nada, me miró largo rato, con algo en los ojos que no me gustó. No era desconfianza, era algo peor; era tristeza. 

Mi hija me confesó alago que me dejó pensando.

El amanecer se filtraba tímido por las cortinas de encaje, proyectando sombras alargadas en las paredes de mi habitación. Aún se sentía en el aire el aroma a humedad de la madrugada, mezclado con el perfume tenue que había quedado en las sábanas. Mi yerno estaba encogido bajo todo el peso de la ropa, que bien que se había convertido en un buen escondite.  Nos dirigimos a la cocina, donde el olor a especies flotaba en el aire. 

Hija, ¿qué fue lo que te hizo levantarte tan temprano?, pregunté, tratando de sonar despreocupada mientras encendía la hornilla y ponía a calentar un poco de leche.  Mi hija se sentó en la mesa de madera, tamborileando los dedos sobre la superficie como si estuviera reuniendo valor para hablar.  Mamá…tengo una duda, y la verdad no sé con quién más hablar. Me da pena y vergüenza, pero sé que tú no me vas a juzgar sin antes escucharme. 

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Me apoyé en el fregadero y la observé con atención.  Dime hija, aquí estoy para escucharte.  Es que…suspiró y bajó la mirada, mi marido ha cambiado mucho últimamente.  El aire en la cocina pareció volverse denso. El chasquido de la leche hirviendo en el jarrito me hizo pegar un brinco.  ¿Cómo que ha cambiado?, pregunté con cautela, midiendo cada palabra. 

Mi Yerno ya no le estaba dando para los dulces a mi hija.

Bueno…tú sabes mamá, Conmigo… nada de nada.  Mi hija se ruborizó y jugueteó con la manga de su bata, nerviosa.  Siempre dice que viene muy cansado, y cuando está de descanso, prefiere salir con sus amigos.  Un sudor frío me recorrió la espalda. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.  No sé mamá, a mí me parece que él anda con alguien más, pero no estoy segura.  Ella suspiró y se frotó la frente, como si sus pensamientos fueran un nudo imposible de deshacer. 

Quizá sea solo mi cabeza que no está bien en su lugar, dijo con un amago de risa triste. Tú sabes mamá, que yo doy la vida por ese hombre. No sé qué haría si él me dejara por otra.  Yo tragué saliva, y me sentí de lo peor. No me había dado cuenta de lo que estaba haciendo.  Solo había visto mi propio beneficio, sin medir las consecuencias. Y lo peor de todo es que ya estaba bien enredada en esto, como un pez atrapado en una red sin escapatoria. 

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