Mi yerno se acomodó en el sillón con la soltura de quien se sabe en territorio conquistado, y con su sonrisa de medio lado, la que usaba cuando estaba a punto de soltar una de sus frases atrevidas, me miró fijamente. Entonces ¿qué suegrita?, ¿Cuándo vamos a destapar ese regalito? Porque usted lo guarda como un tesoro…dijo con ese tono de media burla, mientras tamborileaba los dedos sobre el brazo del sillón. Le sostuve la mirada, entre divertida y desconcertada, y sacudí la cabeza con una leve sonrisa.
Apreté la tela de mi bata de satén, que me cubría apenas lo justo, sintiendo el roce suave contra la piel. Ay no yernito…¿sabe cómo es su mujer?, Pero no le da pena. Él rio con esa carcajada grave que llenó el espacio y rebotó en las paredes como una piedra lanzada a un pozo profundo. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, y bajó la voz como si estuviéramos compartiendo un secreto peligroso.
Suegra, me daría más pena arrepentirme de no decirle lo que veo… Porque no es por nada, pero usted está como me lo recetó el médico. Sus ojos chispeaban con ese brillo de picardía que desarma y compromete, y sus labios se curvaron con malicia cuando añadió: No sé, pero muy afortunado quien tenga la oportunidad de desempolvar ese tesorito que usted se anda cargando. El comentario flotó en el aire, espeso como el perfume de las gardenias en la noche.
Mi Hija entró cuando mi Yerno y yo.
Pero justo en ese momento, un crujido en la madera del pasillo nos hizo girar la cabeza. ¿Y ustedes qué fingen?, la voz de mi hija irrumpió con una mezcla de desconfianza y sorna. Ella apareció en la entrada de la sala, con el ceño fruncido y los brazos cruzados. Sus ojos oscilaron entre su esposo y yo, escudriñándonos con la sospecha natural de quien no entiende el código de una conversación a medias.
¿De qué se trata el chiste?, Porque escuché sus carcajadas hasta mi habitación. El silencio fue un instante suspendido en el aire, hasta que su mirada cayó sobre mí y frunció más el entrecejo. Huy mamá, ¿no crees que a tu edad no deberías usar ropa así?, Te puede dar un resfriado… Vaya escote el tuyo. Y andas como que si solo tú vivieras en esta casa, cúbrete un poco mamá.
El ventilador de techo giraba con un zumbido perezoso, empujando el aire cálido de la mañana. Me apoyé en el umbral de la puerta, cruzándome de brazos, mientras ella, con gesto severo, me miraba de arriba abajo. Ay hija…¿y qué tengo yo de más que no tengan las otras? ¿Qué de nuevo puede ver quien se ocupe en mí? Yo tengo lo mismo que todas, le solté con una pizca de fastidio, porque su tono había sonado más a celos que a preocupación. Ella entrecerró los ojos, como si quisiera replicar algo, pero solo suspiró y movió la cabeza, sin dignarse a responder.
Decidí irme a duchar antes de que mi Yerno…
No quise darle más vueltas. Creo que mejor me voy ducharme, dije. Porque a eso iba cuando me encontré con mi Yerno en la sala. Me hacía falta sentir el agua deslizándose por mi piel, arrastrando el peso de miradas y comentarios que se colaban en mi vida como sombras indeseadas. Me giré con decisión y caminé por el pasillo, sintiendo la frialdad de las baldosas bajo mis pies descalzos. Llevaba la toalla enredada en una mano y con la otra recogía un poco mi bata de seda, esa que mi hija siempre criticaba porque decía que era “demasiado atrevida para mi edad”.
Pero a mí me gustaba, su tela ligera se pegaba a mi cuerpo con cada brisa, como una segunda piel. El agua caliente resbalaba por mi espalda, deslizándose en hilos tibios que se mezclaban con la espuma del jabón, antes de perderse en el remolino del desagüe. El vapor cubría las baldosas del baño con una neblina espesa, y perfumada por el aroma del champú de jazmín que me estaba enjuagando del cabello. Cerré los ojos y dejé que el agua me recorriera, como si pudiera borrar, al menos por unos minutos, los pensamientos que se agitaban en mi cabeza.
Y entonces, escuché su voz. Suegrita, déjeme entrar…solo un momento, necesito decirle algo. Abrí los ojos de golpe. Sentí un escalofrío recorrerme la piel, pero no por el agua, sino por la intromisión de esa voz grave de mi Yerno, a través de la puerta de madera, que sonaba aún más profunda, más cerca de lo que debería estar. Tragué saliva y respiré hondo. “¿Y qué es lo que me va a decir, que no sea lo que yo ya sospecho?”, me dije, apretando los dientes.
Mi Yerno detrás de la puerta quería entrar.
“Porque quién va a llegar con una excusa tan barata, como si yo fuera una tonta y no entendiera lo que realmente busca.” El agua seguía cayendo, golpeando las losetas con un sonido acompasado, pero mi cuerpo estaba tenso, mi corazón martillaba en mi pecho, un ritmo distinto al de la regadera. Yerno…dije tratando de sonar firme. Creo que usted está empezando a jugar con fuego. Más bien vaya y refrésquese un poco, porque ya se le está subiendo el calor hasta la cabeza.
Escuché su risa baja y confiada al otro lado de la puerta. Suegra…no me diga eso, porque me quita el ánimo. Sé que usted también tiene su necesidad y para que estamos si no nos ayudamos. O para que seguir escondiendo el tesorito, cuándo se puede disfrutar de él sin complicaciones. Sus palabras me golpearon como un viento caliente. Como un latido fuerte me retumbó en los oídos.
¿Cómo se atrevía?, vaya que tenía valor y valentía, me decía yo. Me apoyé contra la pared húmeda, respirando agitadamente. Sentí el agua recorrerme la clavícula, deslizarse por mi espalda, seguir su camino por mi vientre. Cerré los ojos con fuerza. “Vete Yerno…que esta puerta está cerrada para ti y para todos.” Mi voz sonó firme, aunque por dentro mi mundo se tambaleaba. Pues suegrita déjeme contarle que yo tengo una llave que no falla, dijo mi yerno.
Mi yerno se fue y Yo me quede con…
Giré la perilla de la regadera, y el sonido del agua volvió a llenar el silencio, como si con eso pudiera borrar lo que acababa de ocurrir. Pero no podía, algo se había encendido en mí, algo que llevaba años dormido, sepultado bajo la rutina, el desdén, la resignación. Me pasé la mano por la cara, dejando que el agua arrastrara mis pensamientos más oscuros, pero su imagen seguía ahí, nítida, atrevida y tentadora.
“Es verdad…”me dije con la voz apenas un susurro. “Yo ya tengo muchos años de nada de nada…” Me mordí el labio, “Pero no puedo pensar en que sea con mi yerno.” Suspiré con frustración, golpeando la pared con la palma. Pero por otro lado…Él estaba hecho un caramelo. Y como él mismo había dicho, estaba como me lo recetó el doctor. Sacudí la cabeza, asustada por el pensamiento que me acababa de cruzar. “Uy no…”, exhalé en voz baja.