Mi YERNO se METIÓ en mi CUARTO Y

Mi Yerno estaba sentado justo frente a mí y mi hija a su lado. Yo intentaba concentrarme en mi plato, en la mermelada de guayaba que untaba sobre un trozo de pan, en el sonido hueco de la cuchara chocando contra el vidrio del frasco, pero sentí el roce sutil, casi imperceptible, de unos dedos buscando los míos bajo la mesa. Un escalofrío me recorrió desde la base del cuello hasta la punta de los dedos. Se me secó la garganta de inmediato y tragué saliva con disimulo, pero el bocado se me hizo un nudo en la garganta. Será posible que el Marido de mi Hija haga esto.

Sabía que esto iba a pasar,  O quizás lo había deseado en silencio, en esas noches en que el insomnio me dejaba con la mirada fija en el techo, preguntándome en qué momento la vida me puso en este dilema. Pero una cosa era imaginarlo y otra muy distinta sentirlo de verdad, con el calor de su piel quemándome a través de la tela del vestido.  Levanté la vista con cuidado, fingiendo un interés repentino en el azucarero, y entonces lo vi.

La mirada de mi Yerno no estaba en su plato ni en el rostro de mi hija. Sus ojos, oscuros y encendidos, escaneaban cada línea de mi rostro, cada movimiento de mis manos. Se llevó el tenedor a la boca sin darse cuenta de que lo sostenía del revés, y en un descuido se golpeó la nariz con el mango.  ¡Oye y tú qué tienes!, dijo mi hija, dándole un manotazo suave en el brazo. Ten más cuidado.

La reacción de mi Yerno nos causo Esto.

Él reaccionó de golpe, riendo nervioso, llevándose la servilleta a la cara para disimular. Yo, incapaz de sostener la tensión un segundo más, solté una carcajada ligera. Mi hija nos miró a ambos y sin sospecha alguna, se unió a la risa.  La luz dorada de la mañana se filtraba por los postigos de la ventana, dibujando sombras largas sobre el mantel de lino. El olor a café, a pan recién tostado y a la dulce acidez de la mermelada de guayaba se mezclaba en el aire, envolviéndonos en una atmósfera que bien podría haber sido inocente, de no ser por lo que sucedía bajo la mesa.

Mi Yerno hizo como que botó el pan.

Mi yerno, con la soltura de un actor ensayado, hizo como que el trozo de pan se le resbalaba de la mano. Su voz sonó con fingida torpeza: ¡Uy!, Se me cayó…y entonces se inclinó con premeditada lentitud para recogerlo. Sentí su presencia antes de que siquiera me rozara. Era como si el aire mismo cambiara de temperatura, como si cada partícula se cargara de una electricidad sutil, invisible pero punzante.

Y luego, su mano, suave y tibia, deslizando apenas la yema de los dedos sobre mis pantorrillas con una ligereza casi etérea, como si en lugar de piel me tocara con una ráfaga de aire.  Un escalofrío me recorrió de inmediato. Me moví levemente en mi asiento, juntando los pies con discreción para que nada quedara expuesto ante su mirada oculta bajo la mesa. Tragué saliva y fingí que nada había pasado, aunque el cosquilleo seguía allí, subiendo por mis piernas como un susurro prohibido.

Volteé con naturalidad hacia mi hija, temiendo encontrar en sus ojos algún atisbo de sospecha, pero ella seguía ajena a todo, con la cabeza inclinada, revolviendo distraídamente el café con la cucharita de plata.  Oye cariño, dijo de pronto, dirigiéndose a su marido con un tono divertido, como que te levantaste muy torpe hoy. Deja eso allí, que yo lo levanto después. Más bien, mamá, ¿por qué no le preparas un pan con esa mermelada que tú comes?

Mi hija me pidió que le diera el pan a mi Yerno.

Su voz me devolvió a la realidad, y con un esfuerzo sobrehumano recompuse mi expresión.  Claro hija, con mucho gusto, respondí, tratando de sonar lo más natural posible.  Tomé un pan con cuidado, sintiendo la textura crujiente bajo mis dedos, y con la espátula embarré sobre él una cantidad generosa de mermelada. La guayaba se extendió con su tono rojizo y brillante, pegajoso, con ese dulzor que tanto me recordaba a las tardes de mi infancia cuando mi abuela la preparaba en la casa del pueblo.

Le extendí el pan con una sonrisa breve, pero al hacerlo, sentí sus dedos rozar los míos. No fue un contacto accidental, fue lento, calculado, y el efecto fue inmediato: un escalofrío me erizó la piel, recorriéndome la espina dorsal como una descarga de electricidad.  Lo miré con rapidez, tratando de entender hasta dónde llegaba su osadía, y en ese instante lo vi.

Se lamió los labios con deliberación, en un gesto que no tenía nada de inocente, y luego, como si la provocación no fuera suficiente, me guiñó un ojo con una complicidad peligrosa.  Gracias suegrita, murmuró con una sonrisa torcida, antes de llevarse el pan a la boca.  El chasquido de sus dientes al hundirse en el pan resonó en mis oídos con una nitidez absurda. Tragué saliva y aparté la mirada, intentando convencerme de que aquello no había pasado. Pero el cosquilleo en mis dedos, en mi piel, en cada rincón de mi cuerpo, me decía que en efecto, todo era demasiado real.

Me levanté para evitar a mi Yerno.

Me levanté para llevar los platos a la cocina y así salirme del enredo en que yo misma me había metido. El sonido del agua corriendo en el fregadero llenaba el espacio con una monotonía tranquilizadora, pero en mi interior todo era un caos.  Me refugié en la tarea de lavar los platos, tallando con más fuerza de la necesaria, como si con cada movimiento pudiera borrar el temblor en mis manos, y la agitación en mi pecho.

Pero entonces lo sentí, unas manos firmes, tibias, rodearon mi cintura, deslizándose con una suavidad calculada, como quien toca algo prohibido por primera vez, con el temor de que desaparezca y la osadía de quien ya no quiere detenerse.  Me estremecí, apenas si me moví, pero él notó mi reacción.  Entonces suegra… ¿qué pensó de aquello?, su voz apenas un murmullo grave y cargado de intención, me rozó la nuca. 

Tragué saliva, y sentí que las palabras se me atoraban en la garganta como una espina difícil de sacar. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza, y agradecí que mis manos estuvieran en contacto con el agua fría del grifo, porque de lo contrario, él habría sentido el sudor traicionero en mi piel.  Ay no yerno…no sé a qué te refieres, logré decir, con una voz que no me pertenecía, una voz que intentaba sonar firme pero que traicionaba la inquietud que me quemaba por dentro.

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