Relatos de Infidelidades https://relatosdeinfidelidades.com/ Los Relatos de infidelidades contadas por sus protagonistas, con lujo de detalles. Fri, 14 Mar 2025 17:01:48 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.7.2 https://i0.wp.com/relatosdeinfidelidades.com/wp-content/uploads/2024/08/favicon-1.png?fit=32%2C32&ssl=1 Relatos de Infidelidades https://relatosdeinfidelidades.com/ 32 32 236328075 Mi SUEGRO y Yo en medio de MAREAS PROHIBIDAS. https://relatosdeinfidelidades.com/mi-suegro-y-yo-en-medio-de-mareas-prohibidas/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=mi-suegro-y-yo-en-medio-de-mareas-prohibidas Fri, 14 Mar 2025 17:01:39 +0000 https://relatosdeinfidelidades.com/?p=719 El sol de la tarde caía a plomo sobre la playa, dorando la arena y tiñendo el agua con reflejos de cobre y zafiro. Me pasé una mano por la nuca, tratando de aplacar el calor que me subía por la piel, pero no era solo el sol lo que me abrasaba...

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El sol de la tarde caía a plomo sobre la playa, dorando la arena y tiñendo el agua con reflejos de cobre y zafiro. Me pasé una mano por la nuca, tratando de aplacar el calor que me subía por la piel, pero no era solo el sol lo que me abrasaba. Sentía la mirada de mi suegro recorrerme como si sus ojos fueran brasas vivas que se deslizaban sobre mi piel. El traje de baño, que por la mañana me había parecido cómodo y hasta recatado, de pronto se volvió más pequeño, más ajustado, como si el mismo aire se hubiera confabulado para encogerlo.

Quise desviar la vista, buscar un punto en el horizonte donde anclar mis pensamientos, pero mis ojos chocaron con los del padre de mi esposo. No pestañeó, no hizo el más mínimo gesto de disimulo. Su mirada era firme, cargada de un brillo juguetón, descarado, que me despojaba con una audacia que me hizo estremecer.  Di un paso en la arena caliente, queriendo escapar de esa intensidad, cuando escuché un silbido cortante, como un cuchillo rajando el aire.

Me giré apenas y vi a un grupo de muchachos a unos metros de distancia. Se reían entre ellos, uno incluso se llevó dos dedos a los labios y lanzó otro silbido más fuerte.  ¡Vaya, pero qué espectáculo tenemos aquí!, soltó uno, con una sonrisa ladeada.  Me ardieron las mejillas, no solo por el calor, sino porque sabía que no era solo la atención de esos extraños la que tenía encima.

El Padre de mi Esposo se mantuvo en silencio al escuchar a los muchachos silbarme.

Mi suegro permaneció impasible, fingiendo no haber escuchado nada, pero su mirada quemaba más que la arena bajo mis pies.  Fue entonces cuando oí la voz de mi cuñada, que reía con ese tono de quien sabe más de lo que dice.  Oye, te ves muy bien…¿ya viste que alborotaste el gallinero?  Me giré hacia ella y la encontré sonriendo con picardía. Estaba sentada sobre una toalla grande y colorida, con las piernas estiradas y las gafas de sol empujadas sobre la cabeza.

A su lado, una nevera portátil rezumaba gotas de agua helada sobre la arena, y una botella abierta sudaba en su mano.  Se hizo a un lado, dándome un espacio en la toalla.  Vamos acomódate cerca de mí, dijo palmeando el lugar vacío.  Me senté a su lado, sintiendo aún el peso de aquella mirada clavada en mi espalda. El rumor de las olas llenaba el aire con su vaivén hipnótico, y a lo lejos, el eco de una radio vieja tocaba un bolero empolvado por los años. Mi corazón latía más rápido de lo que me habría gustado admitir.

Tomé aire y forcé una sonrisa, pero no pude evitar preguntarme cuánto más podría ignorar lo que estaba ocurriendo.  La brisa marina traía consigo el aroma espeso del salitre y el eco lejano de una gaviota que se perdía en la línea del horizonte. La arena caliente se filtraba entre mis dedos mientras acomodaba mis piernas sobre la toalla, tratando de ignorar el ardor que la mirada de mi Suegro me producía.

La hermana e hija de mi Suegro me hizo esto.

Mi cuñada, despreocupada, jugueteaba con la orilla de la toalla, dejando entrever más piel de la que su padre habría aprobado.  Mi suegro se acercó a nosotras con ese paso pausado y seguro que lo caracterizaba. Su sombra se proyectó sobre nosotras, cortando el sol con su imponente presencia. Se cruzó de brazos y nos contempló por un momento con ese aire solemne que siempre tenía cuando se disponía a dar un sermón. 

Creo que se ven bien así, dijo con una media sonrisa, pero también deben cuidar de mantener en secreto lo que solo sus maridos deben ver. Recuerden que la época de solteras ya pasó para las dos.  Su voz era grave, pero serena, como si cada palabra fuera medida antes de ser pronunciada. Se giró primero hacia su hija, y con un gesto de desaprobación, le indicó que se cubriera más. 

Tú, dijo con firmeza, debes cubrirte un poco más, porque si yo fuera tu marido, no me gustaría que otros ojos se entretengan en ti.  Mi cuñada chasqueó la lengua, rodando los ojos, pero obedeció sin rechistar, ajustando su pareo con un suspiro. Luego, el papá de mi marido me miró a mí, con esa intensidad que me hacía hervir la sangre.  Y tú deberías hacer lo mismo, porque el hecho de que mi hijo no esté aquí no significa que seas soltera.

Las palabras de mi Suegro me erizaron la piel.

Su voz me recorrió como una caricia furtiva, como si hubiera una advertencia velada en su tono. No supe qué responder, solo sentí un escalofrío recorrer mi espalda, aunque el sol seguía ardiendo sobre nosotros.  Estábamos en medio de esa conversación cuando un joven se acercó con dos copas altas de piña colada, adornadas con cerezas y sombrillitas de papel que se mecían con la brisa.

El cristal estaba empañado por el frío de la bebida, y el aroma dulce de la piña y el ron flotaron en el aire.  Señoritas, les envían esto de parte de los muchachos de allá, dijo el joven, señalando con un leve movimiento de la cabeza hacia el grupo de hombres que nos observaban desde la distancia.  Hubo un instante de silencio. Sentí la mirada de mi suegro posarse sobre mí antes de girarse lentamente hacia los jóvenes. Su expresión no cambió en lo absoluto.

No frunció el ceño ni mostró enfado. Simplemente, con una calma absoluta, dijo:  Joven, es usted muy amable, pero creo que ellas no van a poder aceptar.  El mesero, con su gabacha blanca impecable y el logotipo bordado del restaurante en el pecho, se quedó un momento en silencio, como si no supiera bien cómo reaccionar.  Yo, por mi parte, apenas podía entender qué era lo que me ocurría.

Mi Mente me llevó a pensar cosas entre el papá de mi marido y yo.

No frunció el ceño ni mostró enfado. Simplemente, con una calma absoluta, dijo:  Joven, es usted muy amable, pero creo que ellas no van a poder aceptar.  El mesero, con su gabacha blanca impecable y el logotipo bordado del restaurante en el pecho, se quedó un momento en silencio, como si no supiera bien cómo reaccionar.  Yo, por mi parte, apenas podía entender qué era lo que me ocurría.

Era absurdo, ilógico, incluso inmoral, pero la forma en que mi suegro me hablaba, la manera en que me miraba con esa autoridad que no admitía réplica, me hacía verlo con otros ojos. No sé si era su voz grave, su forma de imponer respeto, o el hecho de que hacía ya más de cinco años que no tenía nada de nada, ni siquiera un roce de piel que me recordara lo que era sentirse mujer. Mi marido se había ido al extranjero a trabajar, y yo me había quedado en casa de mi suegro, sumida en una rutina monótona que hasta ese momento, no había comprendido cuánto me afectaba.

El joven del restaurante vaciló un momento, mirando las copas aún en su bandeja.  Entonces, ¿no lo van a recibir?, preguntó con cierta incredulidad.  Mi suegro apenas inclinó la cabeza, y con la misma tranquilidad con la que había hablado antes, respondió: No joven.  Dígales a los muchachos que les agradecemos mucho el gesto, pero si hubiera sido en otro tiempo, estaría bien. Ahora ellas son mujeres casadas, y no pueden aceptar de la mano de cualquiera una bebida. Usted sabe bien qué intención hay detrás de esto.

Mi Suegro hizo que el joven se llevará de vuelta la copas.

El mesero asintió con respeto, y tras un breve, “muy bien señor”, se dio la vuelta y se alejó, deslizándose entre las sombrillas y las sillas de playa.  Yo tragué saliva. El peso de las palabras de mi suegro aún flotaba en el aire. Su mirada se encontró con la mía por un instante, y en su expresión había algo más que autoridad. Algo que me hacía dudar de todo, incluso de mí misma. 

Las vacaciones nos habían sido concedidas como una tregua en medio de la rutina, pagadas con el sudor de mi marido, el hijo menor de mi suegro, y bajo la supervisión de este último. Era extraño pensarlo así, pero de alguna manera nosotras, mi cuñada y yo, éramos parte de su responsabilidad. Yo lo sentía todo el tiempo, en la manera en que se aseguraba de que comiéramos bien, de que ningún hombre se acercara demasiado, y en la forma en que sus ojos se detenían en mí más de lo necesario. 

Los muchachos, al ver la reacción de mi suegro, cerraron las palmas de sus manos en señal de disculpa. Su sonrisa fue serena, casi indulgente, como la de un rey que perdona a sus súbditos.  Creo que sería bueno que vayamos ya a meternos al mar, dijo con la misma calma con la que había rechazado las copas de piña colada momentos antes.  Mi cuñada suspiró y se acomodó el cabello con aire despreocupado. 

Mi Suegro me invita a nadar en el ancho mar.

Vayan ustedes, ya viene mi marido y voy a esperar a ver qué quiere hacer él.  Yo, en cambio, miré las olas con cierta inquietud. El mar se extendía inmenso frente a nosotros, con su oleaje rítmico y poderoso, devorando la arena con cada vaivén. El cielo, despejado y azul, se reflejaba en la superficie del agua como si el universo entero estuviera volcado sobre el océano. 

Ay suegro, dije abrazándome a mí misma, pero es que a mí me dan miedo las olas. ¿Y si me arrastran a lo profundo del mar?  Él soltó una carcajada profunda, de esas que vibran en el pecho y se quedan flotando en el aire.  Ya déjate de cosas y ven, dijo con un tono entre paternal y autoritario.  Además no debes preocuparte porque cuando era joven fui salvavidas.  Sus palabras me arrancaron una sonrisa nerviosa. Entonces extendió la mano hacia mí, grande y fuerte, con dedos que parecían hechos para sujetar sin titubeos.

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Mi YERNO hizo algo MACABRO CONMIGO. https://relatosdeinfidelidades.com/mi-yerno-hizo-algo-macabro-conmigo/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=mi-yerno-hizo-algo-macabro-conmigo Thu, 13 Mar 2025 19:40:33 +0000 https://relatosdeinfidelidades.com/?p=713 No me diga que no, porque sé que también esperaba este momento, murmuró mi yerno con su voz enronquecida por el deseo contenido. Sus manos grandes y firmes, se enredaron en mi cintura...

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El ventilador de techo zumbaba con su vaivén cansado, esparciendo el aroma denso de las flores marchitas en el jarrón de la esquina. No me diga que no, porque sé que también esperaba este momento, murmuró mi yerno con su voz enronquecida por el deseo contenido.  Sus manos grandes y firmes, se enredaron en mi cintura como si hubieran encontrado su lugar natural.  Me estremecí, pero no era miedo lo que sentía, ni siquiera culpa todavía. 

Era una corriente subterránea que me arrastraba, que me empujaba a un terreno peligroso y prohibido.  Yerno, no encendamos lo que no podremos apagar después, dije con la voz apenas un susurro.  No podía mirarlo a los ojos. Sabía lo que vería allí: un reflejo de lo que yo misma estaba sintiendo.  Por favor Yerno, no echemos a andar esta máquina que no podremos frenar, insistí, aunque mi voz se quebró al final. 

Él deslizó una mano por mi espalda y me acercó más a su pecho, y sentí su aliento caliente rozándome el cuello.  No quiero que esto se detenga, y tampoco quiero frenarlo, dijo el marido de mi hija.  Su confesión me atravesó como una daga dulce y peligrosa. ¿En qué momento habíamos cruzado esa línea invisible? Sentí su aliento cada vez más cerca, hasta que sus labios atraparon los míos en un beso cálido, desesperado y hambriento.

El esposo de mi hija me tomó y me acercó de tal manera a él que me erizo la piel.

No era un beso robado, era un beso entregado, un beso que reclamaba lo que el tiempo y las circunstancias habían estado negándonos.  Entre el roce de nuestras bocas, logré murmurar: Cierra bien la puerta…el pasador no está puesto.  Él estiró la mano tras su espalda, tanteando a ciegas la madera vieja de la puerta, hasta que escuché el leve chasquido del pasador encajando en su sitio. Mi piel ardía bajo el roce de sus dedos, que subían con la paciencia tortuosa de quien sabe que está al borde de lo prohibido.

Sus manos temblaban ligeramente cuando desabrochó el primer botón de mi blusa, y entonces, un golpe seco nos congeló en el lugar.  ¡Mamá!, era la voz de mi hija.  Mi yerno y yo nos miramos con el corazón desbocado, atrapados en una burbuja de deseo y culpa. Afuera, los pasos de ella resonaron en el pasillo de madera, acercándose peligrosamente a la puerta cerrada.  El ventilador de techo siguió su zumbido monótono, y en mi pecho, la máquina que no debíamos haber puesto en marcha rugió con una violencia incontrolable.

Mi Hija interrumpió el momento que tenía con mi Yerno.

Escuché el roce de sus pantuflas contra la alfombra del pasillo, ese sonido inocente que en ese momento me pareció una campanada de advertencia.  Mamá, ¿ya te levantaste?, dijo con su voz en un susurro juguetón, acompañada de un golpecito suave en la puerta.  Mi corazón se apretó en el pecho. Sentí el pánico treparme por la espalda como un animal rastrero.  Mamá, ¿ya te levantaste?, repitió, esta vez alargando las palabras con un tono más grave, como si se divirtiera con la idea de despertarme a la fuerza. 

Sentí a mi yerno temblar a mi lado. Sus ojos eran dos pozos oscuros y desesperados, moviéndose de un lado a otro en busca de una escapatoria que no existía. Lo vi dar un paso hacia la ventana, luego girar hacia el armario, como un ratón acorralado en una trampa.  ¡Quieto!, le ordené en silencio, con una seña rápida de la mano.  Sus labios se separaron para protestar, pero en lugar de eso, le apunté con el dedo hacia la cama. No había otra opción.  Levantada no hija, dije aclarando la garganta para disimular la angustia, pero ya me desperté.

Él se deslizó bajo las sábanas con la torpeza de un hombre que nunca en su vida había tenido que esconderse de alguien. Agarré un montón de ropa que estaba en la silla y la lancé sobre su cuerpo, ocultándolo lo mejor que pude justo antes de girarme hacia la puerta.  Mamá, quiero hablarte de algo, su tono sonó más serio esta vez.  Dame un momento, ahora voy. Gire el picaporte y dejé entrar a mi hija. 

Mi Yerno se quedó escondido debajo de las cobijas, sin que mi hija se diera cuenta.

El aroma del perfume que usé la noche anterior flotaba en la habitación, mezclándose con el aire cargado de algo más, algo tibio y peligroso. Ella avanzó con la confianza de quien nunca se ha imaginado el horror de una mentira.  Sus ojos recorrieron la habitación hasta detenerse en la cama.  Mamá…¿y qué te pasó aquí?, ¡Vaya que Tenes un desorden!  Tragué saliva, Nada hija. Anoche quise doblar mi ropa, pero me dio sueño y lo dejé así. Como ves, la cama es grande, así que me acomodé en un ladito. 

Su mirada pasó de la cama a mi rostro.  Pero mamá, también tienes la cabeza desordenada, dijo frunciendo el ceño.  Sí que estás loqueando tú.  Me obligué a reír con fingida despreocupación, pero en ese momento noté algo que hizo que la sangre se me helara.  Allí, sobresaliendo apenas detrás de una de las patas de la cama, estaba el zapato de mi yerno.  Mi hija aún no lo había visto, pero sus ojos seguían viajando por la habitación como si sintiera que algo no encajaba. 

Sin pensarlo, di un paso al costado,  y con toda la naturalidad que mi cuerpo aterrorizado me permitió, tomé la toalla que colgaba del respaldo de la silla y la dejé caer casualmente sobre el zapato.  Vamos hija, dije tomándola del brazo con suavidad, quiero tomarme un calmante. Este enredo en mi cabeza es un dolor que no se me quita.  Ella no dijo nada, me miró largo rato, con algo en los ojos que no me gustó. No era desconfianza, era algo peor; era tristeza. 

Mi hija me confesó alago que me dejó pensando.

El amanecer se filtraba tímido por las cortinas de encaje, proyectando sombras alargadas en las paredes de mi habitación. Aún se sentía en el aire el aroma a humedad de la madrugada, mezclado con el perfume tenue que había quedado en las sábanas. Mi yerno estaba encogido bajo todo el peso de la ropa, que bien que se había convertido en un buen escondite.  Nos dirigimos a la cocina, donde el olor a especies flotaba en el aire. 

Hija, ¿qué fue lo que te hizo levantarte tan temprano?, pregunté, tratando de sonar despreocupada mientras encendía la hornilla y ponía a calentar un poco de leche.  Mi hija se sentó en la mesa de madera, tamborileando los dedos sobre la superficie como si estuviera reuniendo valor para hablar.  Mamá…tengo una duda, y la verdad no sé con quién más hablar. Me da pena y vergüenza, pero sé que tú no me vas a juzgar sin antes escucharme. 

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Me apoyé en el fregadero y la observé con atención.  Dime hija, aquí estoy para escucharte.  Es que…suspiró y bajó la mirada, mi marido ha cambiado mucho últimamente.  El aire en la cocina pareció volverse denso. El chasquido de la leche hirviendo en el jarrito me hizo pegar un brinco.  ¿Cómo que ha cambiado?, pregunté con cautela, midiendo cada palabra. 

Mi Yerno ya no le estaba dando para los dulces a mi hija.

Bueno…tú sabes mamá, Conmigo… nada de nada.  Mi hija se ruborizó y jugueteó con la manga de su bata, nerviosa.  Siempre dice que viene muy cansado, y cuando está de descanso, prefiere salir con sus amigos.  Un sudor frío me recorrió la espalda. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.  No sé mamá, a mí me parece que él anda con alguien más, pero no estoy segura.  Ella suspiró y se frotó la frente, como si sus pensamientos fueran un nudo imposible de deshacer. 

Quizá sea solo mi cabeza que no está bien en su lugar, dijo con un amago de risa triste. Tú sabes mamá, que yo doy la vida por ese hombre. No sé qué haría si él me dejara por otra.  Yo tragué saliva, y me sentí de lo peor. No me había dado cuenta de lo que estaba haciendo.  Solo había visto mi propio beneficio, sin medir las consecuencias. Y lo peor de todo es que ya estaba bien enredada en esto, como un pez atrapado en una red sin escapatoria. 

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Mi Yerno se aprovechó de mi TESORITO https://relatosdeinfidelidades.com/mi-yerno-se-aprovecho-de-mi-tesorito/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=mi-yerno-se-aprovecho-de-mi-tesorito Tue, 11 Mar 2025 18:03:16 +0000 https://relatosdeinfidelidades.com/?p=710 Mi yerno se acomodó en el sillón con la soltura de quien se sabe en territorio conquistado, y con su sonrisa de medio lado, la que usaba cuando estaba a punto de soltar una de sus frases atrevidas, me miró fijamente.

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Mi yerno se acomodó en el sillón con la soltura de quien se sabe en territorio conquistado, y con su sonrisa de medio lado, la que usaba cuando estaba a punto de soltar una de sus frases atrevidas, me miró fijamente.  Entonces ¿qué suegrita?, ¿Cuándo vamos a destapar ese regalito? Porque usted lo guarda como un tesoro…dijo con ese tono de media burla, mientras tamborileaba los dedos sobre el brazo del sillón.   Le sostuve la mirada, entre divertida y desconcertada, y sacudí la cabeza con una leve sonrisa.

Apreté la tela de mi bata de satén, que me cubría apenas lo justo, sintiendo el roce suave contra la piel.  Ay no  yernito…¿sabe cómo es su mujer?, Pero no le da pena.  Él rio con esa carcajada grave que llenó el espacio y rebotó en las paredes como una piedra lanzada a un pozo profundo. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, y bajó la voz como si estuviéramos compartiendo un secreto peligroso. 

Suegra, me daría más pena arrepentirme de no decirle lo que veo… Porque no es por nada, pero usted está como me lo recetó el médico.  Sus ojos chispeaban con ese brillo de picardía que desarma y compromete, y sus labios se curvaron con malicia cuando añadió: No sé, pero muy afortunado quien tenga la oportunidad de desempolvar ese tesorito que usted se anda cargando.  El comentario flotó en el aire, espeso como el perfume de las gardenias en la noche. 

Mi Hija entró cuando mi Yerno y yo.

Pero justo en ese momento, un crujido en la madera del pasillo nos hizo girar la cabeza.  ¿Y ustedes qué fingen?, la voz de mi hija irrumpió con una mezcla de desconfianza y sorna.  Ella apareció en la entrada de la sala, con el ceño fruncido y los brazos cruzados. Sus ojos oscilaron entre su esposo y yo, escudriñándonos con la sospecha natural de quien no entiende el código de una conversación a medias. 

¿De qué se trata el chiste?, Porque escuché sus carcajadas hasta mi habitación.  El silencio fue un instante suspendido en el aire, hasta que su mirada cayó sobre mí y frunció más el entrecejo. Huy mamá, ¿no crees que a tu edad no deberías usar ropa así?, Te puede dar un resfriado… Vaya escote el tuyo.  Y andas como que si solo tú vivieras en esta casa, cúbrete un poco mamá. 

El ventilador de techo giraba con un zumbido perezoso, empujando el aire cálido de la mañana.  Me apoyé en el umbral de la puerta, cruzándome de brazos, mientras ella, con gesto severo, me miraba de arriba abajo.  Ay hija…¿y qué tengo yo de más que no tengan las otras? ¿Qué de nuevo puede ver quien se ocupe en mí? Yo tengo lo mismo que todas, le solté con una pizca de fastidio, porque su tono había sonado más a celos que a preocupación.  Ella entrecerró los ojos, como si quisiera replicar algo, pero solo suspiró y movió la cabeza, sin dignarse a responder.

Decidí irme a duchar antes de que mi Yerno…

No quise darle más vueltas.  Creo que mejor me voy ducharme, dije.  Porque a eso iba cuando me encontré con mi Yerno en la sala.  Me hacía falta sentir el agua deslizándose por mi piel, arrastrando el peso de miradas y comentarios que se colaban en mi vida como sombras indeseadas.  Me giré con decisión y caminé por el pasillo, sintiendo la frialdad de las baldosas bajo mis pies descalzos. Llevaba la toalla enredada en una mano y con la otra recogía un poco mi bata de seda, esa que mi hija siempre criticaba porque decía que era “demasiado atrevida para mi edad”.

Pero a mí me gustaba, su tela ligera se pegaba a mi cuerpo con cada brisa, como una segunda piel.  El agua caliente resbalaba por mi espalda, deslizándose en hilos tibios que se mezclaban con la espuma del jabón, antes de perderse en el remolino del desagüe. El vapor cubría las baldosas del baño con una neblina espesa, y perfumada por el aroma del champú de jazmín que me estaba enjuagando del cabello. Cerré los ojos y dejé que el agua me recorriera, como si pudiera borrar, al menos por unos minutos, los pensamientos que se agitaban en mi cabeza.

Y entonces, escuché su voz.  Suegrita, déjeme entrar…solo un momento, necesito decirle algo.  Abrí los ojos de golpe. Sentí un escalofrío recorrerme la piel, pero no por el agua, sino por la intromisión de esa voz grave de mi Yerno, a través de la puerta de madera,  que sonaba aún más profunda, más cerca de lo que debería estar.  Tragué saliva y respiré hondo.  “¿Y qué es lo que me va a decir, que no sea lo que yo ya sospecho?”, me dije, apretando los dientes.

Mi Yerno detrás de la puerta quería entrar.

“Porque quién va a llegar con una excusa tan barata, como si yo fuera una tonta y no entendiera lo que realmente busca.”  El agua seguía cayendo, golpeando las losetas con un sonido acompasado, pero mi cuerpo estaba tenso, mi corazón martillaba en mi pecho, un ritmo distinto al de la regadera.  Yerno…dije tratando de sonar firme. Creo que usted está empezando a jugar con fuego. Más bien vaya y refrésquese un poco, porque ya se le está subiendo el calor hasta la cabeza. 

Escuché su risa baja y confiada al otro lado de la puerta.  Suegra…no me diga eso, porque me quita el ánimo. Sé que usted también tiene su necesidad y para que estamos si no nos ayudamos.  O para que seguir escondiendo el tesorito, cuándo se puede disfrutar de él sin complicaciones.   Sus palabras me golpearon como un viento caliente.  Como un latido fuerte me retumbó en los oídos.

¿Cómo se atrevía?, vaya que tenía valor y valentía, me decía yo.  Me apoyé contra la pared húmeda, respirando agitadamente. Sentí el agua recorrerme la clavícula, deslizarse por mi espalda, seguir su camino por mi vientre. Cerré los ojos con fuerza.  “Vete Yerno…que esta puerta está cerrada para ti y para todos.”  Mi voz sonó firme, aunque por dentro mi mundo se tambaleaba. Pues suegrita déjeme contarle que yo tengo una llave que no falla, dijo mi yerno.  

Mi yerno se fue y Yo me quede con…

Giré la perilla de la regadera, y el sonido del agua volvió a llenar el silencio, como si con eso pudiera borrar lo que acababa de ocurrir. Pero no podía, algo se había encendido en mí, algo que llevaba años dormido, sepultado bajo la rutina, el desdén, la resignación. Me pasé la mano por la cara, dejando que el agua arrastrara mis pensamientos más oscuros, pero su imagen seguía ahí, nítida, atrevida y tentadora.

“Es verdad…”me dije con la voz apenas un susurro. “Yo ya tengo muchos años de nada de nada…”  Me mordí el labio, “Pero no puedo pensar en que sea con mi yerno.”  Suspiré con frustración, golpeando la pared con la palma. Pero por otro lado…Él estaba hecho un caramelo. Y como él mismo había dicho, estaba como me lo recetó el doctor. Sacudí la cabeza, asustada por el pensamiento que me acababa de cruzar.  “Uy no…”, exhalé en voz baja.

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Mi SUEGRO No IMAGINÓ que Yo lo ATENDERÍA II… https://relatosdeinfidelidades.com/mi-suegro-no-imagino-que-yo-lo-atenderia-ii/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=mi-suegro-no-imagino-que-yo-lo-atenderia-ii Sun, 09 Mar 2025 16:22:43 +0000 https://relatosdeinfidelidades.com/?p=708 Mi suegro, con su traje negro impecable y el perfume tenue a lavanda impregnado en su solapa, me ofreció el brazo con esa cortesía que parecía de otro tiempo. Yo acepté sin titubeos, encajando el mío bajo el suyo, sintiendo la firmeza...

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Mi suegro, con su traje negro impecable y el perfume tenue a lavanda impregnado en su solapa, me ofreció el brazo con esa cortesía que parecía de otro tiempo. Yo acepté sin titubeos, encajando el mío bajo el suyo, sintiendo la firmeza de su musculatura bajo la tela. Me entregó un ramo de flores blancas, y lo abracé contra mi pecho con un gesto casi inconsciente, como si aquel sencillo acto tuviera un peso que aún no comprendía del todo. 

Apenas habíamos dado unos pasos cuando noté el primer roce. Un movimiento leve, un contacto fugaz, como el aleteo de un pájaro inquieto. Su brazo, con la excusa de acomodarse, rozó el costado de mí ya sabes tú. Tragué saliva, me giré hacia él, intentando descifrar su expresión, y lo descubrí inclinando apenas la cabeza, con la mirada fija en mi escote. El contraste entre su cabello salpicado de canas y la intensidad oscura de sus ojos, me provocó un escalofrío que me recorrió la espalda como un río helado.

Me removí ligeramente, no para alejarme, sino para darle mejor acceso a lo que disimuladamente buscaba. Fue un movimiento sutil, apenas perceptible, pero suficiente para notar cómo su respiración se volvió un poco más profunda. La mujer de mi Cuñado, del otro lado, llevaba también su brazo sujeto al de él, pero estaba demasiado absorta en sus propios pensamientos como para notar lo que sucedía en ese espacio silencioso entre mi suegro y yo.

Como era posible que yo pensara así de mi Suegro.

“Esto no puede estar pasándome”, me decía a mí misma. Pero la verdad era otra, sentía un hormigueo en la piel, un calor en la boca del estómago que no tenía nada que ver con el sol de la tarde. ¿En qué clase de mujer me estaba volviendo?, ¿Cómo podía permitirme sentir esto por el padre de mi esposo? Pero en lugar de apartarme, me pegué un poco más, dejando que su mano, ahora apenas en contacto con mi cintura, se quedara dónde estaba.

El aire tenía un peso extraño aquella tarde. La brisa arrastraba el aroma denso de los lirios frescos y el incienso que alguna anciana encendió en la entrada del cementerio. A lo lejos, el murmullo de la gente que avanzaba en la procesión se mezclaba con el crujir de la grava bajo nuestros pies, y el repique ocasional de una campana lejana. Entonces, una de mis cuñadas se acercó con el ceño fruncido y la voz apurada: Oye, ¿por qué no vas y le dices a tu marido que se controle?

Se ha quedado atrás con sus amigos y ya sabes lo que pasa cuando empiezan a beber. No queremos que haga un escándalo en el cementerio.  Su tono tenía una mezcla de urgencia y fastidio, como si la escena ya le resultara demasiado familiar. Pero antes de que yo pudiera responder, mi suegro lo hizo por mí.  Déjalo ahí, dijo con la voz firme pero serena. Ya está bastante grandecito para saber lo que hace.

Mi Suegro no deja que me alejen de él.

Ahora sí que no voy a dejar que haga de las suyas. Sigamos avanzando, porque la que está haciendo escándalo por algo que aún no ha pasado eres tú.  No me soltó, al contrario, su brazo se tensó ligeramente, manteniéndome a su lado con una determinación que sentí en la piel como un fuego suave, un peligro latente. Y sin embargo, en lugar de querer apartarme, deseé que el camino fuera más largo. 

El aire en el cementerio pesaba como una sombra. Entre los susurros del viento, las ramas secas de los cipreses crujían con un sonido casi fúnebre, y el incienso encendido por alguna alma piadosa flotaba en el ambiente con un aroma espeso, cargado de nostalgia. Un murmullo de rezos se alzaba en la distancia, entremezclado con el chasquido de los fósforos encendiendo velas y el crujido de la grava bajo los pies de los dolientes. 

Mi suegro se inclinó con solemnidad ante la lápida de su esposa. Sus manos, firmes pero gastadas por los años, acomodaron las flores con un gesto pausado, casi reverente. Luego, con una parsimonia que parecía calculada, sacó una caja de cerillos del bolsillo interior de su saco, y encendió una vela tras otra. La llama titilaba en sus ojos, reflejando una tristeza que él no dejaba escapar en palabras. 

Mi Cuñado se me acercó para esto que no sé.

Yo lo observaba en silencio, con el ramo de flores aún en mis brazos, cuando sentí un leve toque en el brazo. Un roce apenas perceptible, pero suficiente para hacerme girar. Al voltear, encontré los ojos astutos de mi cuñado clavados en los míos. Me hizo una señal discreta, indicándome que lo siguiera.  No sé por qué accedí. Quizás porque quería alejarme por un momento de aquel ambiente cargado de recuerdos ajenos, o porque la curiosidad pudo más que la prudencia.

Caminé tras él por el sendero estrecho entre las lápidas, hasta llegar a donde su esposa nos esperaba.  ¿Qué pasa?, pregunté cruzando los brazos.  Mi cuñado carraspeó antes de hablar, como si intentara medir bien sus palabras.  Solo queremos pedirte un favor, dijo con esa voz suya que siempre parecía esconder un doble sentido. Es por mi padre…tú sabes, él no está bien, y con la pena que trae encima, creemos que le haría bien tomarse una copita. 

Fruncí el ceño, ¿Y por qué no se la ofrecen ustedes?  Porque no la va a aceptar, intervino su esposa, lanzándome una mirada calculadora. Pero a ti sí, contigo es diferente.  Yo solté un leve bufido, mirando a ambos con incredulidad.  ¿Y qué los hace pensar que a mí sí me va a hacer caso?  Mi cuñado se cruzó de brazos, esbozando una media sonrisa.  Porque sabemos que te tiene en alta estima.

Mi Cuñado dice que mi Suegro habla muy bien de mí.

Siempre dice que no ha habido una mejor nuera que tú.  Sacudí la cabeza, sintiéndome atrapada en un juego cuyo propósito aún no entendía del todo.  Más bien los que quieren tomar son ustedes. ¿Por qué simplemente no lo hacen y ya?  La esposa de mi cuñado soltó una risa breve, casi nerviosa.  Bueno, sí…la verdad es que también nos gustaría tomarnos unas copitas.

Pero anda dile tú, Yo suspiré y extendí la mano.  Está bien, denme un vasito.  ¡Ay se me olvidaron los vasos!, exclamó la mujer, llevándose una mano a la frente. Espérenme, ya vuelvo, tan pronto como ella desapareció, mi cuñado aprovechó el momento. Se acercó con una calma estudiada, con ese aire de hombre que se cree dueño de todas las oportunidades.

Entonces cuñadita…¿qué tal si después de este evento, tú y yo…bueno ya sabes?  Mi cuerpo se tensó de inmediato. Pero no dije nada, solo lo miré, esperando ver hasta dónde se atrevía a llegar.  Yo puedo ayudarte haciéndote un favorcito, continuó con su tono bajo y sedoso, como si estuviera compartiendo un secreto indecoroso. Porque, pues…ya sabes que tu marido se niega.

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Mi SUEGRO no IMAGINÓ que Yo lo atendería y… https://relatosdeinfidelidades.com/mi-suegro-no-imagino-que-yo-lo-atenderia-y/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=mi-suegro-no-imagino-que-yo-lo-atenderia-y Sat, 08 Mar 2025 02:08:21 +0000 https://relatosdeinfidelidades.com/?p=706 Me acerqué a mi marido con sigilo, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo adormilado. Sus pestañas proyectaban sombras largas sobre su rostro cansado, y su barba rala me raspó los dedos cuando lo acaricié con ternura.

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Me acerqué a mi marido con sigilo, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo adormilado. Sus pestañas proyectaban sombras largas sobre su rostro cansado, y su barba rala me raspó los dedos cuando lo acaricié con ternura.  Cariño, le susurré dejando que mis labios rozaran su frente con la delicadeza de una pluma, ¿qué tal si ya sabes…? Mira que aún es luego… Deslicé un beso por su mejilla tibia, pero su expresión se torció en una mueca de fastidio.

Abrió los ojos con lentitud, y en ellos se reflejó la luz mortecina del velorio que aún seguía en la sala. El viento de la mañana entraba por las rendijas de la ventana, arrastrando consigo el aroma dulzón de las velas consumidas en el altar improvisado del comedor.  Afuera, los grillos entonaban su letanía fúnebre, y en el pasillo, el crujir de la madera delataba el andar de alguien que no terminaba de decidirse entre quedarse o marcharse.

Oye, ¿pero tú no tienes un poco de consideración?, gruñó con voz pastosa.  Solo piensas en ti…¿No ves que aquí en casa hay luto?  Su voz era áspera, cargada con el peso de la tristeza y la fatiga. Desde la planta baja, el murmullo de los rezos se entremezclaba con el tintineo de tazas de café y el roce de sillas arrastradas torpemente.  Pero mi amor no digas eso, respondí, recorriendo con mis dedos la línea de su cuello. 

Mi Esposo se negó y yo le respondía así.

Si tengo consideración, pero recuerda que ya hace un año que tu mami se fue… Yo solo quiero que tú y yo aprovechemos el tiempo, ahora que aún estamos jóvenes y fuertes.  Para que cuando nos llegue el momento de partir, quedemos satisfechos de haber vivido como es debido.  Lo acaricie donde ya sabes tú, pero en lugar de entregarse, tomó mi muñeca y me apartó con un movimiento seco y rudo. 

¡Ya basta!, dijo sentándose al filo de la cama con el ceño fruncido.  Mejor me levanto y voy a ver qué hago o en qué ayudo. Creo que tú también deberías hacer lo mismo, y no solo pensar en ti.  Su tono me hirió más de lo que estaba dispuesta a admitir. Me pasé la lengua por los labios, tragándome la vergüenza y la rabia. Desde el otro lado del pasillo llegó el sonido de una cucharilla golpeando contra una taza, un tintineo repetitivo y nervioso, como si alguien escuchara nuestra conversación con demasiado interés.

Como si eso fuera comida, dijo cruzándose de brazos, no exageres mujer, para todo hay tiempo. Sí cariño, pero no sé qué me pasa…murmuré bajando la voz. Ahora que hay tanta gente en casa, quisiera que pasara…me llena de no sé qué saber que alguien puede escucharnos.  Él bufó, negando con la cabeza, y se puso de pie con un movimiento impaciente.  No, tú sí que tienes un tornillo zafado, dijo acomodándose la camisa arrugada.

Alguien nos espiaba mientras mi marido y yo.

Entonces, algo me hizo girar la cabeza de golpe.  Una sombra se deslizó por la ventana, una figura que apenas fue un destello en la penumbra, pero que bastó para helarme la sangre. Allí, entre las cortinas entreabiertas, vi la coronilla de la cabeza de alguien.  Pero no quise decir nada, para no darle la razón a mi marido de que no se podía.  Lo vi salir y tomé la decisión de ducharme.  El camisón resbaló por mi piel como un suspiro, cayendo al suelo en un ovillo de seda arrugada.

Me quedé unos segundos como llegue al mundo en la penumbra del baño, dejando que la humedad del aire me envolviera antes de abrir la llave de la regadera. El agua salió con un chorro violento al principio, salpicando los azulejos con un repiqueteo que llenó el silencio de la mañana.  Cuando me metí bajo la cascada tibia, cerré los ojos y dejé que el agua recorriera mi piel, deslizándose por mi cuello, mis hombros, mi espalda…

En algún momento, quizás por el cansancio o por la urgencia que me latía en el pecho, imaginé que no era el agua quien me acariciaba, sino las manos de mi marido. Las mismas manos grandes y ásperas que antes me recorrían con ansias y que ahora apenas se dignaban a tocarme.  Me mordí el labio, reprimiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. ¿Era mi cuerpo el que estaba necesitado, o era mi alma la que pedía un sacudón que me devolviera a la vida?

Nunca pensé que mi Suegro sería parte de mis pensamientos.

Respiré hondo y abrí los ojos. El espejo frente a la ducha estaba cubierto de vapor, como si el baño entero estuviera reteniendo un suspiro contenido.  A ver qué pasa hoy, murmuré para mí misma, como un conjuro, como un reto.  Salí del baño y me envolví en una toalla, sintiendo cómo el calor del agua aún vibraba en mi piel. Me acerqué al armario y busqué entre mis vestidos hasta dar con el indicado: negro, de una sola pieza, ceñido a la cintura como una segunda piel.

Al deslizarlo sobre mi cuerpo, su tela fresca me abrazó con la precisión de un amante, y el escote profundo reveló sin pudor el generoso regalo que la naturaleza me dio.  Me miré en el espejo, ladeando la cabeza con una sonrisa casi imperceptible. No era un atuendo adecuado para la ocasión, pero tampoco estaba dispuesta a esconderme.  Tomé un sombrero de ala ancha y lo acomodé con elegancia sobre mi cabello suelto. No me puse aretes, ni collares, ni anillos, pues el luto no admitía vanidades. 

Los zapatos de tacón resonaron con firmeza contra el piso de madera cuando salí del dormitorio. Y el eco de mis pasos acompañó el latir acelerado de mi corazón.  Al abrir la puerta que daba a la sala, el murmullo de voces me envolvió como un río. El aroma a café recién hecho flotaba en el aire, mezclado con el incienso que aún humeaba en el altar improvisado en una esquina.  Las miradas se giraron hacia mí en cuanto crucé el umbral.  Los primeros ojos que se entretuvieron en lo que mi escote no podía ocultar fueron los de mi cuñado. 

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Mi YERNO se METIÓ en mi CUARTO Y https://relatosdeinfidelidades.com/mi-yerno-se-metio-en-mi-cuarto-y/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=mi-yerno-se-metio-en-mi-cuarto-y Thu, 06 Mar 2025 20:06:25 +0000 https://relatosdeinfidelidades.com/?p=699 Mi Yerno estaba sentado justo frente a mí y mi hija a su lado. Yo intentaba concentrarme en mi plato, en la mermelada de guayaba que untaba sobre un trozo de pan, en el sonido hueco de la cuchara chocando contra el vidrio del frasco

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Mi Yerno estaba sentado justo frente a mí y mi hija a su lado. Yo intentaba concentrarme en mi plato, en la mermelada de guayaba que untaba sobre un trozo de pan, en el sonido hueco de la cuchara chocando contra el vidrio del frasco, pero sentí el roce sutil, casi imperceptible, de unos dedos buscando los míos bajo la mesa. Un escalofrío me recorrió desde la base del cuello hasta la punta de los dedos. Se me secó la garganta de inmediato y tragué saliva con disimulo, pero el bocado se me hizo un nudo en la garganta. Será posible que el Marido de mi Hija haga esto.

Sabía que esto iba a pasar,  O quizás lo había deseado en silencio, en esas noches en que el insomnio me dejaba con la mirada fija en el techo, preguntándome en qué momento la vida me puso en este dilema. Pero una cosa era imaginarlo y otra muy distinta sentirlo de verdad, con el calor de su piel quemándome a través de la tela del vestido.  Levanté la vista con cuidado, fingiendo un interés repentino en el azucarero, y entonces lo vi.

La mirada de mi Yerno no estaba en su plato ni en el rostro de mi hija. Sus ojos, oscuros y encendidos, escaneaban cada línea de mi rostro, cada movimiento de mis manos. Se llevó el tenedor a la boca sin darse cuenta de que lo sostenía del revés, y en un descuido se golpeó la nariz con el mango.  ¡Oye y tú qué tienes!, dijo mi hija, dándole un manotazo suave en el brazo. Ten más cuidado.

La reacción de mi Yerno nos causo Esto.

Él reaccionó de golpe, riendo nervioso, llevándose la servilleta a la cara para disimular. Yo, incapaz de sostener la tensión un segundo más, solté una carcajada ligera. Mi hija nos miró a ambos y sin sospecha alguna, se unió a la risa.  La luz dorada de la mañana se filtraba por los postigos de la ventana, dibujando sombras largas sobre el mantel de lino. El olor a café, a pan recién tostado y a la dulce acidez de la mermelada de guayaba se mezclaba en el aire, envolviéndonos en una atmósfera que bien podría haber sido inocente, de no ser por lo que sucedía bajo la mesa.

Mi Yerno hizo como que botó el pan.

Mi yerno, con la soltura de un actor ensayado, hizo como que el trozo de pan se le resbalaba de la mano. Su voz sonó con fingida torpeza: ¡Uy!, Se me cayó…y entonces se inclinó con premeditada lentitud para recogerlo. Sentí su presencia antes de que siquiera me rozara. Era como si el aire mismo cambiara de temperatura, como si cada partícula se cargara de una electricidad sutil, invisible pero punzante.

Y luego, su mano, suave y tibia, deslizando apenas la yema de los dedos sobre mis pantorrillas con una ligereza casi etérea, como si en lugar de piel me tocara con una ráfaga de aire.  Un escalofrío me recorrió de inmediato. Me moví levemente en mi asiento, juntando los pies con discreción para que nada quedara expuesto ante su mirada oculta bajo la mesa. Tragué saliva y fingí que nada había pasado, aunque el cosquilleo seguía allí, subiendo por mis piernas como un susurro prohibido.

Volteé con naturalidad hacia mi hija, temiendo encontrar en sus ojos algún atisbo de sospecha, pero ella seguía ajena a todo, con la cabeza inclinada, revolviendo distraídamente el café con la cucharita de plata.  Oye cariño, dijo de pronto, dirigiéndose a su marido con un tono divertido, como que te levantaste muy torpe hoy. Deja eso allí, que yo lo levanto después. Más bien, mamá, ¿por qué no le preparas un pan con esa mermelada que tú comes?

Mi hija me pidió que le diera el pan a mi Yerno.

Su voz me devolvió a la realidad, y con un esfuerzo sobrehumano recompuse mi expresión.  Claro hija, con mucho gusto, respondí, tratando de sonar lo más natural posible.  Tomé un pan con cuidado, sintiendo la textura crujiente bajo mis dedos, y con la espátula embarré sobre él una cantidad generosa de mermelada. La guayaba se extendió con su tono rojizo y brillante, pegajoso, con ese dulzor que tanto me recordaba a las tardes de mi infancia cuando mi abuela la preparaba en la casa del pueblo.

Le extendí el pan con una sonrisa breve, pero al hacerlo, sentí sus dedos rozar los míos. No fue un contacto accidental, fue lento, calculado, y el efecto fue inmediato: un escalofrío me erizó la piel, recorriéndome la espina dorsal como una descarga de electricidad.  Lo miré con rapidez, tratando de entender hasta dónde llegaba su osadía, y en ese instante lo vi.

Se lamió los labios con deliberación, en un gesto que no tenía nada de inocente, y luego, como si la provocación no fuera suficiente, me guiñó un ojo con una complicidad peligrosa.  Gracias suegrita, murmuró con una sonrisa torcida, antes de llevarse el pan a la boca.  El chasquido de sus dientes al hundirse en el pan resonó en mis oídos con una nitidez absurda. Tragué saliva y aparté la mirada, intentando convencerme de que aquello no había pasado. Pero el cosquilleo en mis dedos, en mi piel, en cada rincón de mi cuerpo, me decía que en efecto, todo era demasiado real.

Me levanté para evitar a mi Yerno.

Me levanté para llevar los platos a la cocina y así salirme del enredo en que yo misma me había metido. El sonido del agua corriendo en el fregadero llenaba el espacio con una monotonía tranquilizadora, pero en mi interior todo era un caos.  Me refugié en la tarea de lavar los platos, tallando con más fuerza de la necesaria, como si con cada movimiento pudiera borrar el temblor en mis manos, y la agitación en mi pecho.

Pero entonces lo sentí, unas manos firmes, tibias, rodearon mi cintura, deslizándose con una suavidad calculada, como quien toca algo prohibido por primera vez, con el temor de que desaparezca y la osadía de quien ya no quiere detenerse.  Me estremecí, apenas si me moví, pero él notó mi reacción.  Entonces suegra… ¿qué pensó de aquello?, su voz apenas un murmullo grave y cargado de intención, me rozó la nuca. 

Tragué saliva, y sentí que las palabras se me atoraban en la garganta como una espina difícil de sacar. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza, y agradecí que mis manos estuvieran en contacto con el agua fría del grifo, porque de lo contrario, él habría sentido el sudor traicionero en mi piel.  Ay no yerno…no sé a qué te refieres, logré decir, con una voz que no me pertenecía, una voz que intentaba sonar firme pero que traicionaba la inquietud que me quemaba por dentro.

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Mi YERNO me AGARRO en pleno DÍA https://relatosdeinfidelidades.com/mi-yerno-me-agarro-en-pleno-dia/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=mi-yerno-me-agarro-en-pleno-dia Wed, 05 Mar 2025 17:16:53 +0000 https://relatosdeinfidelidades.com/?p=696 El eco de mis tacones resonó en la sala, un golpeteo firme contra las losetas frías que despertaba a los rincones dormidos de la casa. Acomodé el espejo de la pared con un roce ligero, inclinando el rostro para revisar el maquillaje que había esculpido con esmero esa tarde.

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El eco de mis tacones resonó en la sala, un golpeteo firme contra las losetas frías que despertaba a los rincones dormidos de la casa. Acomodé el espejo de la pared con un roce ligero, inclinando el rostro para revisar el maquillaje que había esculpido con esmero esa tarde. Los labios, de un rojo profundo, se curvaron en una sonrisa de satisfacción. La tela de mi vestido se ceñía a mi silueta con la misma complicidad de un amante furtivo. 

Justo en ese instante, la voz de mi yerno irrumpió en la sala con su tono medio socarrón, medio seductor.  ¿Y adónde tan elegante suegra?, preguntó desde el marco de la puerta, apoyándose con una displicencia calculada.  Levanté la mirada y me tomé un segundo para responder. Sabía que mi atuendo llamaba la atención, pero no esperaba que fuera precisamente él quien lo hiciera notar de esa manera. 

No pues ya sabes, creo que es momento de quitarme un poco el polvo de encima, respondí con una media sonrisa, ajustando la hebilla dorada de mi bolso.  Su risa, breve y grave, llenó el aire como el tintineo de un vaso contra la madera de la mesa. Sus ojos recorrieron mi figura con la seguridad de quien se sabe atractivo y peligroso. Luego, arqueando las cejas, murmuró entre dientes, lo suficiente alto para que lo escuchara, pero con la intención de hacerlo parecer un pensamiento fugaz: Más bien a echarse uno va… 

Lo que mi Yerno dijo me encendió.

Sentí una chispa de picardía recorriéndome el cuerpo, pero me mantuve firme.  ¿Cómo dijiste Yerno?  Él sacudió la cabeza con fingida inocencia y sonrió, una sonrisa lenta, de esas que hacen temblar la moral.  Nada suegrita, nada… dijo, deslizando una mano por su cabello oscuro. Lo único que digo es que usted va toda una reina… Y la verdad, si yo no fuera su yerno, no dudaría en ayudarla a sacudir todo ese polvo, y aceitar todo aquello que ya se está oxidando.

El descaro en su voz me hizo soltar una carcajada coqueta, de esas que no se planean pero se sienten en la boca del estómago.  Cállate tú, le solté entre risas, dándole un ligero manotazo en el brazo.  Pero él no se detuvo, o qué suegra, no me diga que no se le ha antojado un taquito de aquello… porque ya tiene usted sus buenos años sin nada de nada.  Un calor inesperado me subió por el cuello, y justo cuando la conversación estaba tomando un rumbo que desafiaba cualquier norma familiar, la voz de mi hija irrumpió desde el pasillo con el mismo tono mordaz de su padre. 

Oye mamá, ¿y tú qué?, ¿La señora encontró quién le bata el chocolate o qué?  El aire se congeló por un segundo, pero no estaba dispuesta a darle el gusto de verme titubear. Me enderecé, lancé una última mirada a mi yerno, que seguía con su sonrisa de lobo, y con la misma elegancia con la que había entrado, tomé mi bolso y lo acomodé sobre mi hombro.  Ay no, mejor nos vemos al rato, dije con ligereza, dejando que el aroma de mi perfume flotara en el aire mientras salía por la puerta, con el eco de sus risas siguiéndome como una promesa latente. 

la cita con mis amigas.

Llegué al lugar en que tenía que reunirme con mis amigas.  El tintineo de las cucharillas contra las tazas de porcelana se mezclaba con el murmullo constante de la cafetería. La máquina de espresso resoplaba al fondo, liberando una nube de vapor que impregnaba el aire con el aroma a café recién molido. Afuera, la tarde se iba apagando lentamente, y el reflejo anaranjado del sol teñía los ventanales con un resplandor cálido y nostálgico.

Nosotras, las de siempre, ocupábamos la misma mesa junto a la ventana, con el mantel de cuadros y el florero diminuto con margaritas marchitas, como si el tiempo no nos hubiera movido de ahí en años. Los cafés humeaban frente a nosotras, y entre sorbos y risas, la conversación tomó un giro inesperado cuando una de mis amigas, con su mirada pícara y su voz llena de complicidad, preguntó: A ver chicas… ¿qué es lo más vergonzoso que han hecho y que todavía les pone la piel de gallina cuando lo recuerdan? 

Mi Yerno ocupo mi mente.

Nos miramos unas a otras con esa mezcla de curiosidad y temor a ser las primeras en soltar la lengua. Pero fue la otra amiga, la más desinhibida del grupo, quien rompió el hielo con una carcajada escandalosa.  Ay no, ustedes no están preparadas para lo que voy a contar, dijo revolviendo el café con demasiada insistencia, como si intentara revolver también su propia vergüenza.  ¡Cuenta ya!, insistimos en coro.  Ella se acomodó en la silla, alisó la falda con las manos y con una sonrisa traviesa, confesó: Cuando tenía diecinueve años, me enamoré perdidamente de un hombre mayor.

Y la verdad, no me aguanté y un día me lancé a besarlo… pero, ¡ay Dios mío! Mi nariz me traicionó en el momento exacto, y terminé embarrándole las mejillas de… bueno ya saben ustedes.  El estruendo de nuestras carcajadas hizo voltear a varios clientes en la cafetería. Yo me llevé la servilleta a los ojos, secándome las lágrimas de la risa, mientras mi otra amiga daba palmadas en la mesa, intentando recuperar el aliento. 

¡No puede ser qué horror!, dijo entre resoplidos.  Te juro que hasta el día de hoy, cada vez que lo veo, siento que me va a preguntar si ya me limpié la nariz, añadió ella cubriéndose el rostro de la vergüenza revivida. La risa fue menguando hasta convertirse en pequeñas carcajadas aisladas. Entonces, las dos giraron sus rostros hacia mí, con la expectativa brillando en sus ojos.

La pregunta que me llevó apensar en mi Yerno.

¿Y tú?, preguntó una de ellas con una ceja arqueada. ¿Qué es eso que hiciste que te avergüenza tanto?  Sentí un escalofrío en la espalda, como si mi propio secreto me recorriera la piel. No era algo que hubiera hecho, pero el solo pensarlo me sonrojaba. Bañé mis labios en el borde de la taza y solté un suspiro que se llevó con él mi última defensa.  Pues… hay algo que no he hecho, pero que solo de imaginarlo me da vergüenza.

Las dos se inclinaron hacia adelante, como si el misterio estuviera a punto de revelarse en un susurro prohibido.  ¡Uy se enamoró la mujer!, dijo una de ellas, dándome un codazo en el brazo. Pero a ver mujer, cuenta, ¿quién es?  Bajé la mirada y con la yema del dedo tracé líneas invisibles sobre el mantel. La imagen apareció en mi mente con la claridad de un relámpago: la forma en que su camisa se ceñía a su cuerpo, la manera en que sus labios curvaban palabras con doble sentido, la voz grave que se filtraba en mi pecho cuando pronunciaba mi nombre con aquella confianza descarada.

Tomé aire y me enderecé en la silla, sintiendo el calor subir por mi cuello.  Pues…creo que es algo que yo mantendré en secreto, dije evadiendo las miradas inquisitivas.  Es un hombre que está muy lejos, es un imposible, alguien que no está a mi alcance. ¡Ay mujer, no le pongas tanto color a la cosa!, ¿Quién es?  Mis labios se entreabrieron, mi corazón tamborileaba en mi pecho…

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Mi YERNO hizo esto con mi HERMANA https://relatosdeinfidelidades.com/mi-yerno-hizo-esto-con-mi-hermana/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=mi-yerno-hizo-esto-con-mi-hermana Tue, 04 Mar 2025 22:15:13 +0000 https://relatosdeinfidelidades.com/?p=694 ¿Te puedo decir "tía" verdad?, preguntó mi yerno con una sonrisa ladeada, de esas que parecen inocentes pero que esconden otras intenciones. Mi hermana lo miró de reojo, con la misma expresión de quien se divierte con el fuego sin temor a quemarse.

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¿Te puedo decir “tía” verdad?, preguntó mi yerno con una sonrisa ladeada, de esas que parecen inocentes pero que esconden otras intenciones.  Mi hermana lo miró de reojo, con la misma expresión de quien se divierte con el fuego sin temor a quemarse. Llevaba una blusa de tela fina, ligeramente abierta en el cuello, y jugueteaba con el botón superior de su camisa, como quien juega con una idea peligrosa en la cabeza. 

Claro, respondió con voz melosa, puedes decirme como tú quieras. El aire en la sala se volvió denso, como si la temperatura hubiera subido de golpe. La luz de la madrugada entraba a través de las cortinas, dibujando sombras alargadas en el suelo. Y el tictac del reloj de pared marcaba el paso de los segundos con una cadencia insoportable.  Entonces, como si el universo entero se hubiese encogido hasta dejarlos solo a ellos dos en esa lugar, vi cómo mi yerno extendía la mano y le acariciaba el mentón con la punta de los dedos.

Un roce ligero, casi imperceptible, pero con la intención de quien ya ha cruzado una línea.  Y sin más, se inclinó sobre ella y la besó.  El tiempo pareció detenerse, y ella no lo rechazó. Al contrario, se enroscó en su cuello con una naturalidad pasmosa, como si aquel beso ya hubiera sucedido en su cabeza mucho antes de que sus labios se tocaran. Sus manos se deslizaron sobre la nuca de él, y vi cómo sus cuerpos se acomodaban en el sofá, como si la piel de uno hubiese encontrado su sitio en la piel del otro.

No sé porque me quede callada.

Yo no dije nada, y no sé por qué, no sé si fue lo que mi cabeza me llevó a pensar, la incredulidad o una fascinación retorcida la que me mantuvo en silencio. Mi hija era la única que sufriría, lo sabía. Pero aun así, me quedé inmóvil, con la garganta seca y el corazón latiéndome con fuerza en las sienes. Los veía entrelazarse, su aliento volverse uno solo, sus cuerpos fundirse como si fueran una única sombra dibujada en el respaldo del sofá. 

Fue entonces cuando la adrenalina me jugó una mala pasada.  Sin querer, mi codo tropezó con la pequeña maceta de cerámica que reposaba en el alféizar de la ventana. La vi caer en un parpadeo eterno, estrellándose contra el suelo con un crujido seco y definitivo. Y la tierra oscura se esparció como una herida abierta en el piso.  El sonido los sacudió, Yo, con el pánico encendido en la sangre, retrocedí torpemente y sin pensarlo dos veces, me escabullí por el pasillo. Cada paso que daba retumbaba en mi cabeza como un tambor de guerra.

Llegué a mi habitación y cerré la puerta de golpe, apoyando la espalda contra la madera, jadeante, con la piel erizada y la mente hecha un nudo de pensamientos que no quería enfrentar.  Me llevé una mano al pecho, sintiendo los latidos desbocados de mi corazón. Sabía que tarde o temprano, aquella escena que acababa de presenciar traería consecuencias.  Consecuencias que nadie, ni siquiera yo, estaba lista para afrontar.  Pero como sea aún recordaba todo lo que había visto, y de alguna manera algo despertó en mí. 

Me puse a pensar en que hace mucho que yo nada de nada.

Pues hacía ya cinco años que yo nada de nada, pero también me puse a pensar de que no era yo la que importaba en ese momento, sino mi hija.  Pero te cuento como fue exactamente que esto ocurrió, así es que no te despegues hasta el final.  El reloj de pared en la sala marcaba las once con su tictac constante, un sonido monótono que llenaba el aire de la casa como una respiración pausada.

Afuera, el sol caía sin piedad sobre las baldosas del patio, haciendo vibrar el aire con ese calor que parece querer derretirlo todo.  Cuando sonó el timbre, un eco metálico se expandió por la casa. Desde la cocina, donde el aroma del café recién hecho aún flotaba en el ambiente, alcancé a escuchar el crujir de los tablones del suelo cuando mi yerno se dirigió a abrir la puerta.  ¿Sí?, preguntó él, con esa voz suya que siempre lleva un matiz de desconcierto, como si el mundo lo sorprendiera a cada instante.

Del otro lado, la voz de mi hermana sonó clara y sin rodeos: Busco a mi hermana, ¿esta es su casa?  Mi yerno tardó un segundo en contestar, pero no porque dudara de la respuesta. Lo sé porque desde donde estaba, pude ver perfectamente la escena. Su mirada recorriendo el cuerpo de mi hermana, como quien observa algo prohibido y a la vez fascinante.   Ella llevaba puesto un pantalón vaquero, ajustado que resaltaba sus caderas con un descaro natural, y una blusa ligera que dejaba traslucir lo que la naturaleza le había dado sin miramientos.

así era mi Hermana de atrevida y bonita

Su cabello, recogido en un chongo alto, dejaba al descubierto su cuello largo y claro. Se apoyó en la puerta con una mano en la cadera, esperando la respuesta con esa mezcla de seguridad y coquetería involuntaria que siempre había tenido. Mi yerno tragó saliva, Sí…sí, aquí es.  Y su mirada se paseó por ella con la torpeza de quien sabe que no debería mirar, pero lo hace de todos modos.

Mi hermana lo notó, claro que lo notó, y arqueó una ceja con una media sonrisa cargada de malicia.  ¿Qué?, ¿Acaso tengo algo malo?, preguntó.  Él parpadeó, como si despertara de un trance.  No, no…al contrario, dijo titubeando, rascándose la nuca como un pequeño atrapado en una travesura.  Es que…estaba pensando en voz alta.  El ambiente se cargó de una tensión sutil, de esas que no necesitan palabras para hacerse notar. 

Pasa, ahora llamo a tu hermana, añadió él, abriéndole paso con un gesto nervioso.  Pero yo ya estaba en camino, Salí a recibir a mi hermana con una sonrisa forzada, como quien quiere ignorar lo evidente, aunque lo evidente arda en el aire como un incendio a punto de propagarse. Apenas crucé el umbral de la sala, mi hermana me vio y soltó su bolso de un golpe seco contra el suelo. No le importó que el cuero se arrugara ni que algo dentro hiciera un ruido sordo al chocar con el piso.

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Mi SUEGRO HIZO de TODO y mi ESPOSO no hizo nada. https://relatosdeinfidelidades.com/mi-suegro-hizo-de-todo-y-mi-esposo-no-hizo-nada/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=mi-suegro-hizo-de-todo-y-mi-esposo-no-hizo-nada Mon, 17 Feb 2025 19:41:12 +0000 https://relatosdeinfidelidades.com/?p=667 El aire en la sala estaba cargado de voces y risas, un bullicio típico de reuniones familiares. La lámpara de araña colgaba en el centro del techo, iluminando con su luz cálida la estancia donde todos nos habíamos acomodado para la foto.

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El aire en la sala estaba cargado de voces y risas, un bullicio típico de reuniones familiares. La lámpara de araña colgaba en el centro del techo, iluminando con su luz cálida la estancia donde todos nos habíamos acomodado para la foto. La gran mesa del comedor, ahora despejada, reflejaba el destello dorado de los candelabros, y en las paredes, los retratos antiguos de la familia parecían observarnos desde el pasado. 

Me encontraba entre mi Cuñada y mi Suegro, con la espalda prácticamente pegada a la pared. No había mucho espacio para moverme, así que traté de acomodarme sin llamar demasiado la atención. Mi esposo, con la cámara en mano, se paseaba de un lado a otro buscando el mejor ángulo.  Me había recogido el pelo en un chongo alto, con algunos mechones sueltos que caían a los lados de mi rostro. Mi blusa, de tela ligera, se aferraba a mi cuerpo de una manera que parecía desafiarme con cada movimiento, como si luchara por contener lo que la naturaleza me había dado de sobra.

La delgada cadenita que colgaba de mi cuello se deslizaba entre el generoso escote, perdiéndose en la profundidad de mi piel, llamando sin querer la atención de cualquiera que se detuviera a mirar.  Mi suegro es un hombre alto, de complexión robusta, con una presencia que imponía sin esfuerzo. No tenía que esforzarse para inclinar la cabeza o disimular un vistazo furtivo.

Mi suegro me miraba de tal manera que me erizó la piel.

Desde su altura, su mirada caía justo donde la tela de mi blusa se tensaba sin remedio. Yo lo noté, Lo noté en la forma en que cada cierto tiempo sus ojos volvían a posarse en mí, con una insistencia que no podía pasar desapercibida. No era una mirada casual, No era una de esas miradas pasajeras que uno finge no notar por cortesía. No, para nada, sino más bien era algo más.

Algo que me recorría la piel como un roce invisible, algo que me hacía sentir un cosquilleo incómodo en la nuca, una advertencia silenciosa que se traducía en un escalofrío inesperado.  Apreté los labios, fingiendo que no lo había visto, que no lo había sentido; pero el hormigueo en mi piel me delataba.  Mis manos jugueteaban con el borde de mi blusa, en un intento inconsciente de cubrir lo que era imposible ocultar.

Me pregunté si debía moverme, hacer algo para romper el momento. Pero justo cuando lo pensé, sentí nuevamente su mirada.  Y esta vez, cuando alcé la vista nuestros ojos se encontraron.  Él no parecía avergonzado ni sorprendido de haber sido descubierto. Al contrario, sus labios se curvaron apenas en una sonrisa leve y ambigua, que me dejó sin aire por un instante.  Yo tragué saliva y aparté la vista, fingiendo estar interesada en cualquier otra cosa. Pero en el fondo, sabía que aquel instante no había sido casual.

Mi Esposo interrumpe mis pensamientos.

¡Vamos acomódense bien!, dijo mi Marido con entusiasmo mientras ajustaba el enfoque.  Mi Suegro se inclinó ligeramente hacia mí. Sentí el roce de su brazo contra mi costado, pero en un primer instante pensé que había sido accidental. No dije nada, mantener la armonía en la familia era lo más importante, especialmente en un momento así.  Pero entonces, con una sutileza imperceptible para los demás, lo sentí moverse de nuevo.

Su brazo firme y cálido, rozó con mayor intención lo que la naturaleza me regaló. Un escalofrío me recorrió la espalda, y mi respiración se volvió más pesada. Mi primer instinto fue apartarme, pero estaba atrapada entre su cuerpo, mi cuñada y la pared.  Mi mirada se dirigió a mi Esposo, que seguía ocupado con la cámara, completamente ajeno a lo que ocurría. Me mordí el labio, tratando de mantener la calma, de no reaccionar bruscamente, de no hacer una escena en medio de todos. 

¡Ahora sí sonrían!, exclamó mi marido logrando el encuadre perfecto.  En ese instante, vi a mi suegro esbozar una sonrisa casi imperceptible. No era la sonrisa de la emoción familiar, ni la de alguien que simplemente disfrutaba la foto. Era una expresión que encerraba algo más.  El obturador de la cámara se disparó, y en el parpadeo del flash, me pregunté si alguien más habría notado lo que estaba sucediendo.

Mi suegro se sienta frente a mí con esta intención.

El aroma del guiso recién servido flotaba en el aire, mezclándose con el sonido de los cubiertos chocando suavemente contra los platos. La mesa estaba puesta con esmero: un mantel blanco con bordados antiguos, copas de cristal que reflejaban la luz del mediodía, y un centro de mesa con flores frescas que mi suegra había colocado con dedicación. Todo parecía en orden, pero yo sentía que el ambiente estaba lejos de ser tranquilo. 

Me acomodé en mi asiento, sintiendo una ligera incomodidad al notar que mi suegro se sentaba justo frente a mí. Sabía que no era casualidad, Él había elegido ese lugar a propósito, asegurándose de que nuestras miradas se cruzaran inevitablemente.  Yo no sabía dónde posar mis ojos. Si mirarlo de frente mostrando indiferencia, o simplemente desviar la vista hacia mi plato y fingir que la tensión que se respiraba en el aire no era real. Pero él, en cambio, parecía ajeno a todo, relajado, conversando con naturalidad como si nada sucediera.

Pásame la sal nuerita, dijo de pronto, con una voz tranquila, pero con un matiz en su tono que me hizo contener la respiración.  Asentí sin decir nada y estiré la mano para alcanzarle el salero. Pero en el momento en que lo tomó, sus dedos rozaron los míos con una lentitud calculada, deteniéndose apenas un segundo más de lo necesario. Un calor extraño subió por mi brazo, como una corriente que me tensó los músculos.

Mi Esposo habla bien de mí ante mi Suegro.

Levanté la vista rápidamente, y ahí estaba él, observándome con esos ojos pícaros, con esa expresión que solo yo podía interpretar.  Gracias nuerita, qué bueno tener a una mujer tan colaboradora y dispuesta siempre a todo, murmuró con una sonrisa apenas perceptible.  Tragué saliva y bajé la mirada al plato.   Ya ves papá, dijo mi esposo con orgullo, yo les dije desde el principio que ella es una gran mujer.

Me alegra que tú, papá, no tengas queja de ella.  Porque verdad que es toda una princesa y muy bonita mi Mujer.  Mi suegro no respondió de inmediato. En cambio, tomó la sal con calma, dándole vueltas entre los dedos, como si estuviera saboreando el momento antes de dar una respuesta.  Claro que sí hijo, seguro que es una muy buena mujer, respondió finalmente, sin apartar los ojos de mí.

Y No tengo ninguna queja con ella.  Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Pero lo peor estaba por venir.  Apenas mi esposo terminó de hablar, una sensación extraña bajo la mesa me alertó. Un roce ligero contra mi tobillo, una presión sutil que no debía estar ahí. Mi corazón comenzó a latir más fuerte cuando entendí lo que estaba pasando. Los pies de mi suegro me buscaban, deslizándose con cautela, tocando apenas la piel expuesta de mis piernas. 

Mi Suegro hace esto y yo no sabía que hacer.

El calor subió a mi rostro y en un impulso de rechazo, levanté el pie con fuerza para apartarlo. Pero mi puntería falló y en lugar de golpear a mi suegro, sentí cómo mi zapato impactaba directamente en los pies de mi suegra. Ella pegó un pequeño brinco en su asiento.  ¡Ay!, exclamó sorprendida llevándose una mano al pecho.  ¿Qué les pasa?, ¿Quién me golpeó?  Todos nos quedamos en silencio. Mi esposo la miró con confusión.

Yo sentí que la sangre me abandonaba el rostro. Mi suegro en cambio, se limitó a levantar una ceja con una sonrisa oculta en la comisura de los labios.  Nos miramos entre todos, fingiendo sorpresa, como si ninguno supiera quién había sido. Pero yo sabía la verdad, Y lo peor de todo es que él también lo sabía.  Y en ese momento algo pasó en mí, no sé qué fue exactamente lo que despertó en mí. Tal vez fue la osadía, el descaro con el que mi Suegro se atrevía a buscarme incluso en presencia de mi esposo.

O quizás fue la emoción prohibida de saber que jugábamos con fuego, de que todo podía volverse un caos en cualquier momento.  Lo cierto es que empecé a sentirle sabor al juego peligroso. Al roce intencional de su piel contra la mía. A la forma en que sus ojos me recorrían con descaro, sin preocuparse siquiera por disimular. Como si el riesgo de ser descubiertos añadiera un atractivo perverso a la situación. 

No podía negarlo, yo sabía lo que mi Suegro quería.

Sabía perfectamente lo que él quería, porque qué más iba a querer con esa actitud. Sus gestos eran calculados, medidos, hechos con la experiencia de alguien que no se anda con rodeos. Y aunque me decía a mí misma que debía poner un alto, que aquello estaba mal, no podía negar que mi suegro era un hombre atractivo. Muy atractivo, quizá igual como mí esposo.  Si bien mi Marido es un buen hombre, siempre había sido demasiado pasivo, demasiado dependiente de sus padres.

Entonces un pensamiento cruzó mi mente con una intensidad perturbadora. ¿Y si que tal qué…?, No, no no,  Me sacudí la cabeza rápidamente, tratando de borrar la imagen que se estaba formando en mi mente. ¿Qué estás pensando mujer?, me reprendí a mí misma.  Eso no fue lo que me enseñaron mis padres. Crecí con valores y con principios. Me educaron para ser una mujer de bien, para respetar mi matrimonio, para honrar a mi esposo y a su familia.

No para dejarme arrastrar por pensamientos indecentes por la emoción fugaz de un deseo prohibido.  Respiré hondo, tratando de calmarme. Pero las palabras que vinieron después solo hicieron que todo se revolviera aún más en mi interior.  “Mi esposo es un gran hombre”, lo pensé con convicción. No podía negarlo, Pero…No hacía nada por sí solo. No tomaba decisiones sin consultarlas con su madre. No movía un dedo sin la aprobación de su padre. Y en ese momento, me di cuenta de algo inquietante: quizás en ese hogar, la verdadera autoridad no era él, sino su padre.

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Mi YERNO me HIZO Semejante Travesura. https://relatosdeinfidelidades.com/mi-yerno-me-hizo-semejante-travesura/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=mi-yerno-me-hizo-semejante-travesura Wed, 12 Feb 2025 20:05:35 +0000 https://relatosdeinfidelidades.com/?p=664 Apenas crucé la puerta de la casa, solté un suspiro y sentí el alivio de estar de vuelta. Me quité la diadema del cabello y la dejé caer sobre la mesa de la entrada. Pero lo primero que quería hacer era liberarme de esos tacones. El dolor punzante en la planta de mis pies me recordaba que aunque la edad me favorecía, no era inmune al cansancio.

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Apenas crucé la puerta de la casa, solté un suspiro y sentí el alivio de estar de vuelta. Me quité la diadema del cabello y la dejé caer sobre la mesa de la entrada. Pero lo primero que quería hacer era liberarme de esos tacones. El dolor punzante en la planta de mis pies me recordaba que aunque la edad me favorecía, no era inmune al cansancio.  Justo cuando me inclinaba para desabrochar una de las correas de mis tacones, la voz de mi yerno me sorprendió, haciéndome dar un leve respingo. 

Despacio suegrita…no se vaya a caer, dijo con un tono entre divertido y provocador, mientras sus ojos hacían turismo descarado por cada curva de mi cuerpo.  Lo vi desde el rabillo del ojo, su postura relajada, el medio giro de su rostro y esa leve sonrisa que le curvaba los labios. Instintivamente me giré, apenas unos centímetros, intentando apartar de su vista lo que al parecer, tanto lo entretenía. 

Ay yerno, me asustaste, dije soltando una risa nerviosa mientras terminaba de quitarme un zapato. Pensé que estabas en el trabajo, levanté la vista, observándolo de arriba abajo, notando que no llevaba su uniforme habitual.  ¿Y eso?, ¿Qué te pasó que ya estás en casa?, Peor si estás enfermo…pregunté con cierta preocupación. 

El Esposo de mi Hija responde así.

Él soltó una pequeña carcajada y negó con la cabeza.  No, para nada suegrita, más bien estoy feliz…y por eso la estaba esperando.  Sus palabras acompañadas de esa forma de mirarme, me hicieron fruncir levemente el ceño. Antes de que pudiera decir algo más, levantó una bolsa de plástico y la sacudió levemente frente a mí.  Mire, dijo con entusiasmo, sacando dos botellas de vino tinto, una de ellas de una marca bastante costosa.

Entreabrí los labios con un gesto de sorpresa, ¿Y eso yerno?, ¿Qué te tiene tan feliz que hasta quieres celebrar?  Él dejó escapar un suspiro y su sonrisa se ensanchó.  Póngase cómoda suegra…venga que le cuento todo.  Permíteme solo me quito estos zapatos porque ya no los aguanto, dije sin mirarlo.  Pero su respuesta me obligó a alzar la vista.  Solo los zapatos suegra…Aún no se cambie el vestido, porque se ve muy bien en él. 

Lo dijo con una sonrisa ladeada, con esa mirada pícara que parecía escanear cada centímetro de mi cuerpo. Su tono tenía algo distinto, algo que no supe si me inquietó o me halagó.  Levanté las cejas y con una leve sonrisa, le respondí: ¿Y eso yerno?, ¿Qué le picó a usted hoy?  Nada suegra, solo que creo que yo también merezco ver un poco de lo que los demás ven en la calle.  Lo miré de reojo, sintiendo el calor subir por mi cuello.

Las palabras del Marido de mi Hija me erizaron la piel.

No era la primera vez que me decía algo así, pero jamás con tanta confianza.  La verdad es que me siento orgulloso de tener una suegra tan juvenil, y sobre todo echada para adelante.  Mis dedos juguetearon con la correa de mi bolso antes de que lo dejara caer suavemente sobre la mesita del centro de la sala. No respondí de inmediato, en su lugar, me permití observarlo aunque fuera solo un instante. 

Alto, con esos ojos oscuros que parecían ver más allá de lo evidente, y esa complexión fuerte que hablaba de disciplina y trabajo físico. No es por nada, pero mi yerno estaba hecho un caramelo. Y como ser humano que soy, también tengo ojos y necesidades. Mi vestido no era ni demasiado recatado ni demasiado atrevido, pero sí resaltaba cada una de las curvas que la naturaleza, en su infinita generosidad me regaló.

Así es como yo soy físicamente.

Soy de estatura promedio, ni muy alta ni muy baja, con ojos pequeños que contrastaban con mi nariz chata, y mi rostro redondeado. No me consideraba una mujer irresistible, pero sabía que mi presencia tenía su peso.  ¿En qué piensa suegra?, me interrumpió de repente.  ¿Yo?, en nada…más bien, espérame que ya vuelvo le respondí rápidamente, dándome la vuelta con la intención de huir de la tensión, que sin saber cómo se había instalado entre nosotros.

Me marché a mi habitación con pasos apresurados, cerrando la puerta tras de mí y apoyándome contra ella.  Respiré hondo, había algo peligroso en esa conversación. Algo que me había hecho estremecer de una manera que no estaba dispuesta a admitir.  Y lo peor de todo…es que no sabía si quería evitarlo o seguir jugando con fuego.

Me puse más cómoda para mi Yerno.

Me puse una blusa de cuello redondo, sencilla pero con un ajuste que aún insinuaba mi figura sin exageraciones. La combiné con una falda que caía justo por debajo de mis rodillas, con una ligera abertura en el costado derecho. No quería dar la impresión equivocada, pero tampoco ocultar lo que la naturaleza me había dado.  Al calzarme los zapatos bajos, me miré en el espejo de cuerpo entero. Me giré apenas un poco, inspeccionándome con ojo crítico.

Mi reflejo me devolvió una imagen que me hizo sonreír con cierta picardía.  Vaya que tremenda eres…murmuré para mí misma, acomodando algunos cabellos rebeldes en el chongo que me había hecho.  Sí que Aún arrancas suspiros mujer.  Inspiré profundamente, como preparándome para lo que venía.   Bueno, pues…veamos qué celebra mi yerno.  Salí de la habitación con paso firme pero controlado. No quería que se notara que mi curiosidad era más grande de lo que debería ser. 

Cuando llegué a la sala, él ya había destapado la primera botella, y servía el vino con la facilidad de alguien acostumbrado a ese tipo de cosas. Me observó apenas crucé la puerta y noté ese destello de aprobación en su mirada.  Mire nada más suegra, dijo con una sonrisa ladeada, aun arreglándose tan sencilla, sigue viéndose espectacular.  Me acomodé en el sofá, cruzando las piernas con elegancia mientras él me observaba desde donde estaba. Su cercanía se hizo evidente, demasiado evidente.

Le pregunte al marido de mi hija la razón de su alegría.

Tomé la copa que me ofrecía, Yerno, ¿y exactamente qué celebramos? Porque con tanto entusiasmo que tienes, ya me diste curiosidad.  Él tomó asiento a mi lado, más cerca de lo que esperaba, y levantó su copa en un gesto elegante.  Celebramos el éxito suegra. Un gran trato cerrado en el trabajo, que no solo me deja ganancias, sino también un buen reconocimiento. Y además…celebramos la buena compañía. 

Sus ojos se fijaron en los míos con intensidad.  Salud por eso entonces, dije chocando suavemente mi copa con la suya antes de llevarla a mis labios.  El vino era suave, con un toque dulce al inicio y un final cálido que se deslizaba por mi garganta.  Mmm, buen vino, comenté saboreándolo con calma. Pero dime algo, ¿por qué quisiste compartir este momento conmigo?  Mi pregunta lo tomó apenas por sorpresa, pero no dudó en responder. 

Porque suegra, usted y yo tenemos más en común de lo que cree.  Me quedé en silencio, esperando que continuara.  Los dos sabemos lo que es luchar por algo y no recibir el reconocimiento merecido. Sabemos lo que es darlo todo y sentir que a veces, no es suficiente.  Sus palabras me hicieron bajar un poco la copa.  ¿Y qué significa eso exactamente?, pregunté con cautela.  Que a veces, uno necesita a alguien que lo valore de verdad, respondió él, inclinándose apenas un poco hacia mí.

La mirada del Esposo de mi hija me erizó la piel.

Sentí su mirada recorrerme, no de manera vulgar, sino con una curiosidad contenida.  ¿Y tu esposa?, le recordé con suavidad, como quien pone un límite sin necesidad de levantar un muro.  Él sonrió, como si esperara la pregunta.  A veces, aunque uno ame, se siente solo…susurró  girando la copa entre sus dedos. Y a veces, la persona que menos imaginamos nos hace sentir todo lo contrario.  Mi corazón latió un poco más rápido. 

¿Yerno, te has tomado ya muchas copas?, bromeé intentando aligerar la tensión.  Él soltó una pequeña risa y negó con la cabeza.  No, para nada suegrita. Estoy completamente consciente de lo que digo.  Tomé otro sorbo de vino y decidí cambiar el rumbo de la conversación antes de que todo se volviera aún más peligroso. Pero en el fondo, una parte de mí no podía negar que aunque no debía, disfrutaba demasiado de aquella atención.

Oye quiero que no me ocultes nada, y que seas sincero conmigo. Está pasando algo entre tú y mi hija, porque si es así podemos arreglarlo juntos.  Mi yerno me miró y agachó la cabeza, y vi como su pecho se infló antes de suspirar profundamente.  Pues suegra este no es momento para tristeza, más bien para alegría.  Por favor Yerno, dime lo qué pasa con mi Hija, yo estoy aquí y con gusto te escucharé, quien quita y pueda ayudarte o por lo menos darte un consejo.

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